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viernes, 17 de marzo de 2017

Fresy Cool, Antonio J. Rodríguez


(Cuando un escritor te decepciona)


Esta mañana me he puesto de mal humor, Fresy Cool tiene ese don, no se lo voy a negar, pero después de transitar por diversos estados de ánimo y sensaciones mientras la leía no he podido más y la he tenido que dejar. Y digo "tenido" porque realmente he sentido que la novela no me dejaba otra opción. Exactamente en la página 260. En realidad, me quedaban poco más de 100 páginas para terminarla; podía haber hecho el esfuerzo, pero estaba completamente saturada de su intelectualidad vacía, su superposición de citas intelectuales y sus guiños posmodernos.

No me gusta nada dejar los libros, en parte es como si traicionara al autor, pero tengo montañas de ellos esperando ser leídos y demasiado poco tiempo como para hacerlo por inercia, sintiendo que el fondo y la forma de la ficción no me aporta nada ni me remueve por dentro.

Podía haber sido diferente. Me gustan mucho las novelas generacionales, las historias de jovencísimos airados, y Fresy Cool y su Madrizcentro alucinado podía haberme enganchado...
 A Antonio J. Rodríguez le conocía por su novia, Luna Miguel, a la que sigo a través de su blog. Ella es como un sueño: poeta, bella como una ninfa y una evocadora 3.0. También leí algunas entradas del blog del autor que escribía con el seudónimo de Ibraim Berlín; y me gustaron. Estaban llenas de referencias cultas, de cultura pop y análisis sociológicos, pero, claro, no pretendían ser un texto fundacional.

La novela es... de verdad, me faltan palabras para describirla. Es lo más vacío y pretencioso que he leído en mucho tiempo. Aunque también es posible que yo sea una persona antigua que no entiende el valor disruptor de la experimentalidad en literatura. Fresy Cool es básicamente un experimento fallido, una novela que dinamita los géneros, la linealidad, la trama en pos de una verborrea incontenible, tropecientos heterónimos, ironía y miles de lecturas metidas a presión en el texto para que al lector no se le olvide la grandísima cultura de su autor (y tampoco su enorme ego)
Aún así, intentando ser justa, creo que tiene mucho mérito escribir así, tan difícil, tan lleno de literatura, jerga y cambios de espacio-tiempos, narradores... pero también creo que Antonio J. Rodríguez escribe para sí mismo y no para los que le leemos ya que estoy segura de que no soy la única que se ha sentido timada. Y es raro, porque está bien escrita, es un auténtico ejercicio de virtuosismo literario, pero no hay nada auténtico ni visceral en ella. Es todo falso y plasticoso.

Tomo una cita de las muchísimas que a su vez hay en la novela: "Toda novela se escribe para vengarse". Oye, pues lo has conseguido.

miércoles, 20 de abril de 2016

Blitz, David Trueba


Para empezar una de estas reseñas sui generis que me marco tengo que decir que David Trueba me parece un escritor irregular, para seguir (y siendo sincera) tengo que admitir que esta novela no me disgustó, sobre todo en el sentido de que me entretuvo, me pareció extremadamente fácil de leer y me la ventilé en tres o cuatro horas de lectura.

Sé que esta afirmación no tiene ningún valor, ni por qué estar relacionada con la calidad literaria de la misma, pero no es menos cierto que a veces me enfrento a novelas de una calidad literaria cuestionable (como puede ser esta que me ocupa) y que además son auténticos puros: aburridas, pretenciosas y en las que avanzar en su lectura se vuelve una escalada al Everest en invierno y con el viento azotándome la cara, así que... ni tan mal. 

Blitz no es pretenciosa, y a mí no me ha parecido aburrida, pero también es un poco (bastante) sosa y un poco (bastante) insustancial. 
Es una novela ligera, con un punto previsible pero también con alguna reflexión "curiosa" en boca del protagonista o del narrador. Mucho más tampoco hay, la verdad. 
No me ha parecido tan horrorosa como por ejemplo a Molinos, aunque entiendo su crítica, porque algo de eso hay. 

Vaya reseña rara que estoy escribiendo, todavía no he dicho ni una palabra sobre el argumento de la novela, y la verdad es que no tengo muchas ganas. Bueno, dos frases. 
Es la historia de un arquitecto de 28 años con una crisis profesional por falta de proyectos que va a Munich a presentar un proyecto de paisajismo, estando allí se pega con un compañero-competidor de trabajo, su novia le deja y vuelve con un cantautor, y él se enrolla con una alemana madura. Crisis y redención sin ninguna trascendencia. Todo esto, como digo, se deja leer pero no tiene ninguna importancia. ¿Y cómo es posible si ese es el armazón de la novela? Pues por eso digo que es un pasatiempo momentáneo.

En concreto a mí lo que me ha interesado son la reflexiones, aunque muy ligeras y poco trabajadas, sobre el precariado y una vida de clase media relativamente cómoda pero totalmente falta de horizontes y oportunidades... y poco más.

Mi problema principal con esta novela es que esperaba bastante MÁS de ella porque me gusta mucho la editorial Anagrama, y unos y otros críticos, por lo visto más interesados en hacer caja que en la calidad de la obra, se habían dedicado a ponerla por las nubes y casi a decir que era una novela generacional para los treintañeros perdidos como yo. Bueno, pues es mentira, aunque yo me lo creí. 

Como no tengo dinero para comprar libros, la saqué de la biblioteca, y menos mal porque no me habría gustado un pelo haber pagado por ella.

De todas formas podía haberlo visto venir ya que cuando empecé a leer a David Trueba me pareció un novelista bastante zafio. Cuatro amigos estaba llena de clichés, chascarrillos machistas y diálogos y situaciones que parecían sacados de una peli de Daniel Sánchez Arévalo; ah, perdón, si es que David Trueba también es guionista de películas de ese estilo. Por eso sus primeras novelas eran tan cinematográficas, llenas de diálogos ágiles y fragmentos que recordaban a planos-secuencia.

Para ser justa, he de decir que su novela anterior a Blitz, Saber perder, está bastante más trabajada y es una obra sólida, creo que su mejor trabajo.

Y para terminar esta entrada "chusca" voy a terminar con unos cotilleos. "Documentándome" para esta entrada me he enterado de que David Trueba, como su propio nombre indica, es hermano de Fernando Trueba (¿por qué habrá tantas sagas de hermanos artistas o escritores? ¿irá en los genes?) y que fue pareja durante muchos años de la actriz Ariadna Gil, por lo que habla un correcto catalán.
Fin.






domingo, 29 de noviembre de 2015

Yo, precario, Javier López Menacho

La lectura de este libro me remueve, como no podía ser de otra forma, por mi interés (y sufrimiento) del trabajo y la existencia en precario
El precariado como clase social ha venido a sustituir en este siglo a la clase obrera de los siglos XIX y XX, y en los últimos años empieza a generar discursos teóricos y diversas aproximaciones (por ejemplo esta, autobiográfica) que le dan un marco intelectual y sociológico al fenómeno. Un autor de referencia en este tema es el británico Guy Standing, con sus libros El precariado, una nueva clase social y El precariado, una carta de derechos. 

Las cosas que cuenta dan miedito, pero en una época en la que el neoliberalismo está consiguiendo cargárselo todo, los precarios (que, no nos llamemos a engaño, somos legión) necesitamos crear nuestro propio discurso enmarcado en la realidad que nos ha tocado habitar y no apelando a algo que ya no existe.
Este libro afronta el tema desde la perspectiva del relato en primera persona, y escuece.
El autor relata con humor negro, sarcasmo y una amargura que no cae en el victimismo su paso por diferentes trabajos temporales (además de absurdos y sin ningún tipo de valor) y sus vivencias, completadas con pinceladas un análisis sociológico.
En el libro se habla de estos trabajos como el empleo al que están abocados en España la mayoría de jóvenes de menos de 30 años. Lo triste es que no solo pasa en España y que a muchos de los que estamos entre los 30 a los 40 no nos va mucho mejor.
La inestabilidad laboral, el empleo basura y la práctica desaparición de los derechos laborales se ha convertido en la nueva normalidad.
¿Cómo es posible no verlo? Mi opinión es que para una gran parte de la generación anterior a la mía sí resulta fácil, básicamente porque no lo sufren.
Hacerse fuerte, conocer la propia situación y dónde se encuadra tiene que ser algo que vaya más allá de la queja llorona; y eso es lo que hace Javier López Menacho en Yo, precario. Coge sus trabajos de mierda y hace una crónica corrosiva de su día a día, para que el lector se ría y a la vez se le congele la sonrisa en la cara.
El autor describe sus ocupaciones, paradigmáticas de "lo precario", basándose en las crónicas del periodismo gonzo, concepto ideado y puesto en práctica por el escritor norteamericano Hunter S. Thompson.
Algunas de las características del precariado son: sueldos bajos, trabajos en los que se exige una alta cualificación que no se remunera acorde a la formación o experiencia o, por el contrario (como es el caso de los trabajos del autor) trabajos que no requieren ninguna cualificación y que están totalmente por debajo de la formación y expectativas de los trabajadores; falta de identificación con el trabajo, los compañeros o la tarea a desempeñar; ausencia de derechos; ausencia de convenios laborales, etc.
Como dice Manuel Rivas sobre el libro en el prólogo:
"La desesperanza se eleva con la risa, el fracaso camina con lo cómico irreductible, y el protagonista, el trabajador despojado y humillado hasta el borde de la inexistencia afronta la injusticia con la épica más sutil. El precario es un héroe de la ironía".
A través de este relato el precario se hace fuerte y adquiere una voz, que denuncia sin adoctrinar, la voz de la primera persona del precariado.
Javier López Menacho, al borde de la treintena y casi sin dinero para pagar el alquiler es incapaz de encontrar un trabajo mínimante estable ni relacionado con sus estudios (a pesar de tener una carrera universitaria, un máster y esa ristra de cursos de especialización que son sobre todo un negocio para los que los imparten). Así que, desesperado, manda un currículo para hacer de mascota chocolatina gigante para una marca de alimentación... y le cogen. El trabajo es denigrante, absurdo, pesado (por el traje que tienen que llevar) y mal pagado. Así que para soportarlo, cuando llega a casa se dedica a escribir las crónicas de su día. Y este es el germen de Yo precario. Y junto a Javier nos sentiremos mascota corporativa, controlador de máquinas de tabaco, encuestador para una marca de telefonía y animador futbolístico.
Como no recordar mis trabajos de: repartidora de periódicos y publicidad, encuestadora de calle, montadora de routers, limpiadora de hoteles, váteres y salas de fiesta, camarera de bodas y eventos, monitora de tiempo libre... y lo más desasosegante es que aunque por un tiempo parezco haberme librado de este tipo de trabajos, los que hago (cualificados) todavía no me han permitido salir de la precariedad.











viernes, 21 de agosto de 2015

El francotirador paciente, Arturo Pérez-Reverte

Quizá muchos de vosotros os echéis las manos a la cabeza cuando veáis el título de esta reseña. Pérez-Reverte es un escritor de best sellers que despierta entre los lectores bastantes fobias y no pocas filias (de ahí que venda tanto). Se le conoce sobre todo por sus novelas de la saga Las aventuras del capitán Alatristre, que fueron llevadas al cine con el buenorro Viggo Mortensen en el papel del capitán.
Yo hacía muchos años que no leía nada de este escritor, aunque debo reconocer que siendo adolescente, el thriller histórico-artístico La tabla de Flandes y su misterio de cuadro renacentista y atractiva restauradora, me enganchó. Y en ese momento, aún con poco bagaje lector, me pareció un gran libro. Leí también El club Dumas, misterio ambientado entre la Francia de los mosqueteros y la España actual, pero nuestro idilio terminó con La carta esférica, un puro infumable que abandoné en cuanto me di cuenta del calibre de su plumbez. Ya intuía la formula que Pérez-Reverte parecía aplicar a todas sus novelas. Es posible que en algún momento asomara la nariz por alguno de los libros del capitán Alatristre, pero la verdad es que el recuerdo lo tengo muy borroso, así que ni siquiera sé si pasó en realidad. No se me hubiera ocurrido volver a leer ningún libro suyo, pero se juntaron dos casualidades:
  • La primera es que acabo de corregir un monumental catálogo razonado sobre un conocido grafitero español.
  • Y la segunda es que me encontré El francotirador paciente en la biblioteca de mis tíos, en Madrid.
La novela cuenta la historia de Alejandra Varela, una especialista en arte urbano que busca al esquivo y escurridizo grafitero Sniper para hacerle una oferta que le sacará de la clandestinidad y que le convertirá en un artista reconocido. Con esta temática Arturo Pérez-Reverte cambia su querencia por las novelas históricas o de época y se sitúa en la época actual, lo cual chirría. Aquí no hay el lucimiento de una buena y cuidada documentación y hay fragmentos que suenan falsos, construidos para un fin.
La novela enseguida se desliza por los derroteros del thriller de esquema cazador-presa, en la que los papeles de ambos son ambiguos y fluctuan. La búsqueda de Sniper llevará a Alejandra de Madrid a Lisboa y después a Verona y a Nápoles.
Me interesaba la labor de documentación sobre el mundo del grafiti y los grafiteros, que es correcta pero que tampoco me ha descubierto mucho que yo ya no supiera. Y... bueno. Es una novela con una estructura bastante sencilla en la que no es difícil ir adelantando lo que va a pasar a continuación, menos el final que da una vuelta de tuerca inesperada al argumento y que me ha hecho sonreír ante los ilusionismos del oficio, que aquí son efectistas, funcionan, pero que si se leen con calma se les ve el truco (y eso es lo peor que le puede pasar a un prestidigitador).
Los personajes de la novela son bastante planos y sin profundidad psicológica, y todo lo que hacen y dicen se ve que está supeditado al desarrollo de la trama de misterio. El lector siente, al leer, que podría estar viendo las notas de trabajo de Pérez-Reverte, y eso hace que se lea con distancia y sin llegar nunca a creérsela. 
Mi conclusión es que El francotirador paciente es una novela floja de un escritor cansado.





martes, 3 de febrero de 2015

La rubia de ojos negros, Benjamin Black

Le he puesto una ambientación otoñal para que resaltara un poco en su grisura.
La cosa, quiero decir, el libro, no pintaba mal. Novela negra norteamericana deudora de la época dorada de detectives, chicas en apuros, gestos fruncidos y tópicos del género. Bueno... quizá no pintaba tan bien. Me gustan los thrillers, pero no soy una gran lectora de este tipo de libros. La única saga de detectives que he leído con alegría ha sido la de Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán (y que se merece una entrada por méritos propios), y sí, también leí en su momento la trilogía Millenniun de Stieg Larson, que se fue desinflando sin remedio a partir de la segunda novela. La floreciente escena sueca del género me es totalmente ajena. Resumiendo, que soy una lectora muy poco instruida en estos lares. Ah, Humphrey Bogart cuando interpreta a Marlowe también me deja bastante fría, así que tenía que haberlo visto venir.
Aquí tenemos a un escritor John Banville, que con el seudónimo de Benjamin Black escribe novela negra. En este libro se pone en la piel del escritor Raymond Chandler (que quizá sea un clásico pero que para mí fue una tortura al intentar leer El sueño eterno con trece años) y retoma a Marlowe, la creación que le hizo famoso. Solo he leído una obra de Banville, El mar, y me encantó la cadencia de su prosa. En La rubia de ojos negros no he reconocido su estilo. Eso podría ser bueno, ya que significaría que ha sido capaz de hacer suya la escritura de Chandler, pero lo que a mí me ha transmitido ha sido un "tedio eterno". 
Se supone que una novela negra está para devorarla, para que te quemen sus páginas desentrañando misterios y dándote sustos a la vez que sus personajes, ¿no? Pues en esta obra el misterio está ahí, pero podría no estar y no se le echaría de menos. En ningún momento de la trama hay tensión o interés en resolver el caso, Marlowe va de un lado a otro cabizbajo, sudando y meditabundo, hay una rubia que es un suplicio de mujer, y hay matones que pegan palizas sin saber muy bien por qué, y cuando te lo explican pues te quedas igual que estabas.
Lo único que me ha gustado es la ambientación de Los Ángeles en los años 50 y algún pensamiento de Marlowe que se eleva un poco de su media plumbea.
Creo que lo digo todo si os cuento que lo he dejado cuando me faltaban menos de cuarenta páginas para terminarlo y en las que se supone que iban a resolver el misterio, del que no puedo contar nada porque lo he olvidado por completo.
¡Un tostón! Quedáis advertidos.




viernes, 12 de diciembre de 2014

Cuando un escritor te decepciona (2): Chuck Palahniuk


Este es el segundo escritor que me decepciona desde que empecé el blog. Si queréis leer la primera entrega pinchad aquí.

Chuck Palahniuk es un autor que no se anda con chiquitas. Trata a sus lectores como contrincantes en un ring de boxeo y les da derechazos en la mandíbula sin ningún cargo de conciencia. Le conocí con Asfixiay recuerdo una mezcla de risas desternillantes, vergüenza ajena y fascinación ante lo más irreverente y bestia que había leído hasta ese momento. 

Palahniuk, en sus buenas novelas, te coge y te sacude, te da bofetadas verbales y te pone, a la vez que a sus personajes, al límite de lo que consideras aceptable. Te dice, a voces: esta locura esperpéntica que te cuento no es ni más ni menos que el puto mundo en el que vives, ¿no te habías dado cuenta?, pues te lo voy a enseñar en forma viviseccionada. 

Las novelas de Chuck Palahniuk son brutalmente gores, mucho más que políticamente incorrectas, escatológicas y aceleradas, plagadas de personajes desmesurados que sin dejarte respirar te enfrentan al absurdo sinsentido de la vida occidental del americano medio, descomponiéndose a ritmo frenético, autorreferencial, feliz e ignorante. 
Entre sus creaciones vemos personajes que simulan atragantamientos mortales en restaurantes para cobrar una indemnización, transexuales operadas hasta el paroxismo vengándose sangrientamente de todo aquel que las ha puteado, mirones de sesiones de terapia para enfermos terminales o locos con personalidad múltiple que crean grupos antisistema a lo largo del globo sin ser conscientes de lo que hacen.

Nunca había leído algo tan hardcore y rocambolesco, pero a la vez con un fondo tan real. Chuck Palahniuk coge la realidad norteamericana, la somete a un análisis sociológico y la recrea llevándola al paroxismo sin escatimar en sangre, vísceras, insultos, mala leche y ojo crítico para ver de que pie cojean nuestras vidas en un mundo hiperconectado, postglobal y, sobre todo, muy enfermo.

Su prosa corta como un cuchillo y es afilada y rápida. Sus personajes se dirigen muchas veces al lector en segunda persona y no es raro tener sensaciones parecidas a las que se tiene con la forma de narrar del cine contemporáneo.

Después leí Diario. Una novelaque es una novela de terror psicológico que da mucho miedo. Vi en el cine El club de la lucha, película generacional que marcó el final de los años noventa, y más tarde me enteré de que estaba basada en una novela suya del mismo nombre, que también leí. Es una de las pocas veces en que la versión cinematográfica de un libro me ha parecido casi igual de buena que el libro en cuestión, y para mí demuestra que cuando escribe, Palahniuk piensa más en espectadores que en lectores. 

Más adelante leí Superviviente y Monstruos invisibles, y con ellas empecé a verle el truco, cómo el autor repetía esquemas, temas y roles, algo que les pasa a muchos escritores, pero que solo a algunos les hace agotarse en su propia fórmula mientras que a otros les ayuda a construir un universo literario inconfundible que normalmente les sobrevive. 

En estas novelas el factor sorpresa, fundamental en sus narraciones, ya no era tan sorpresivo. Dejé pasar unos años, en los que ya me sentía saturada de su estilo, y luego merendé Error humano que me volvió a enganchar ya que son reportajes, reflexiones y otro tipo de textos en los que nos acercamos a las obsesiones del autor pero en las que no se siente presionado a llevar la acción a ritmo de speed, característica que en sus últimos libros juega en su contra. 

Ahora he leído Fantasmas, y aparte de parecerme a ratos aburrida, con unos personajes planos y sin ningún tipo de profundidad psicológica, repetidora de la fórmula que le ha dado fama y que ya está más que agotada, me ha dado asco. Es una novela asquerosa, zafia y que se recrea macabramente en lo más horrible de la condición humana. Esto, que hace con gracia, estilo y crítica en sus primeras obras, en Fantasmas solo es un pastiche vacío. La premisa es la de un grupo de escritores encerrados en una mansión puteándose unos a otros hasta límites inhumanos buscando "la historia" que les hará famosos una vez vuelvan al mundo y se conviertan en personajes de la tele recreando su encierro. Como una suerte de Sherenzales, cada uno narra un episodio deshopilante de su vida, a la vez que van pasando cosas cada vez más horribles en el viejo caserón. Si eres una persona impresionable, no la leas. De todas las que conozco es su novela más repulsiva, brutal, directa y terrorífica (por efectista, no porque consiga crear una atmósfera que dé verdadero miedo). Podría ponerme a describir algunos de sus pasajes, pero os voy a ahorrar ese trago.

Bazofia seguro que es un término que a Palaniuk le gustaría. Deje usted de repetirse y abandone esa manía suya de documentar las novelas con manuales médicos de enfermedades indescriptibles e instrucciones de torniquetes y otras técnicas de supervivencia.

atentamente, una lectora.


lunes, 8 de diciembre de 2014

El boxeador polaco, Eduardo Halfon

Al escritor guatemalteco Eduardo Halfon le he conocido por casualidad, en realidad como a todos los escritores y escritoras, por esas casualidades que no son tales, sino hilos invisibles y personas y conversaciones llenas de nombres y libros que te llevan a otros libros. Menos mal que se dan esas confluencias porque Halfon es uno de esos escritores que no merecen pasar desapercibidos. 
Eduardo Halfon participa con su cuento "El bambú" en el número cinco de la revista literaria Alba (literatura latinoamericana leída y celebrada desde Berlín). Mi amiga Karina, que forma parte de la redacción de la revista, fue la que me contó que Halfon iba a venir a Berlín a hablar de sus libros y a hacer una lectura de "El bambú". Yo, a pesar de tener la revista en casa, no había leído el cuento en cuestión. El día del encuentro llovía, llegué a la librería tarde y haciendo ruido. La gente escuchaba al escritor con expresión solemne aunque él no parecía ni hablaba como una persona solemne, y en seguida me zambullí en su discurso, que fluía como una historia, sobre sus libros y cómo estos se encuentran situados  en un espacio incierto entre el cuento y la novela, sobre el narrador común a todos ellos que ejerce de hilo conductor y que no es más que él mismo (su personalización ficcional). También habló de su proceso creativo, de Guatemala y la vuelta a la tierra del intelectual desencantado, y de sus antepasados europeos judíos, sobre todo de su abuelo, que está presente de forma tangencial en los relatos de El boxeador polaco y que es protagonista de uno de ellos.
Oyéndole hablar estaba deseando poder coger uno de sus libros y leerlo en cuanto llegara a casa, pero no me podía permitir comprarlo así que me quedé con las ganas. A los pocos días lo vi llamándome desde una balda de la biblioteca, estratégicamente colocado en mi ángulo de visión (él también deseaba que lo tomase). Su lectura ha cumplido de sobra las expectativas que tenía puestas en él.
Es un libro sincero que ficcionaliza aspectos de la vida del escritor, que es narrador y personaje de cada uno de los cuentos, que también podrían ser capítulos de una gran novela fragmentada que sería toda la producción de ficción de Eduardo Halfon, como él mismo aclaró en la charla en la que le conocí. 
El boxeador polaco me gana desde el principio, relatando las contradicciones de un profesor de literatura. Las fricciones entre la literatura en el ámbito académico y la literatura que es tierra. La eterna dicotomía entre los libros y la vida. La vuelta a las raíces como forma de encontrarse con uno mismo; tema que trata con una sencillez y un estilo alejados del barroquismo de, por ejemplo, Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, otro libro que me marcó en el momento adecuado.
Me gusta esta novela atípica porque hay mucha reflexión, pero expresada de forma clara con lo que es fácil dejarse llevar por la sensación de que uno está en la cabeza del narrador. Hay mucha literatura y personajes interesantes con un punto misterioso, o así los ve el narrador, que tiene una forma particular de observar e interpretar la realidad con la que me siento identificada. 
"Y para qué la literatura. Para qué un curso más escuchando a un pendejo más hablar aún más pendejadas literarias, y cuán maravillosos son los libros, y cuán importantes son los libros, y entonces mejor quítense de mi camino porque me las puedo solo, sin libros y sin pendejos que todavía creen que la literatura es una cosa importante" (p. 12).
Estoy deseando leer otra rama del árbol que son los libros de Eduardo Halfon, y este es un autor que me gustaría tener en mi biblioteca, para poder releer, subrayar y dejarme inspirar por sus palabras. 






martes, 2 de diciembre de 2014

Nueve lunas, Gabriela Wiener

"Mirar a tu bebé recién nacido se parece a tomar éxtasis.Una mezcla de extrema suavidad, aprensión y ganas de bailar" (Nueve lunas p. 153).


¿Hacer una crónica de periodismo gonzo sobre el propio embarazo? Esta es la premisa de la que parte Nueve lunas
Pero es mucho más que eso; un texto híbrido que oscila entre varios géneros: la narración, el ensayo, el reportaje y la autobiografía íntima.
Gabriela es peruana, vive en Barcelona y se gana la vida a matacaballo, como periodista outsider, dedicada a escribir sobre sexo (propio y ajeno) y cuyas crónicas han sido recopiladas en el volumen Sexologías (2008). En un diciembre horrible plagado de malas noticias: el suicidio de su mejor amiga, una grave enfermedad de su padre y un doloroso posoperatorio de la extirpación de unas glándulas mamarias supernumerarias, se entera de que está embarazada.
Este libro es el relato de esas cuarenta semanas mes a mes. Pero olvidaos de libros de autoayuda o de informaciones "supuestamente" útiles para mujeres en estado de buena esperanza; de esos manuales, que casi todas las que hemos estado embarazadas hemos leído, en los que el embarazo aparece como algo que puedes observar y analizar sin implicación emocional, o esos otros que de tan cursis y ñoños te dan aún más nauseas de las que ya tienes. Aquí hay una chica asustada, encantada, mareada, sin curro, con dilemas intelectuales e inteligencia para abordar la propia gestación desde un punto de vista que se mueve entre lo sarcástico, lo cínico, lo tierno y sobre todo lo real.
Quizás es porque yo también he vivido un embarazo y tuve tiempo de enloquecer, de volver a mi ser, de cagarme de miedo, de ver mi cuerpo transformarse y de vivir una de las experiencias más increíbles de mi vida... y que es solo el comienzo de todo lo que viene después.
Nueve lunas es una crónica subjetiva de la experiencia de la autora y caben en ella muchos de los temas que me interesan: la precariedad laboral y vital que asola a mi generación, la posición del migrante, diferentes, y a veces encontradas, teorías antropológicas y feministas sobre la maternidad, anécdotas desternillantes de su embarazo y sobre todo el relato humano narrado con pulso periodístico sobre el increíble viaje que supone el gestar y parir una nueva vida.
"Pasé largas horas viendo telebasura, durmiendo y soñando que daba a luz a un mono". (p. 16).
Gabriela Wiener tiene la habilidad de desgranar su experiencia subjetiva alternando los sucesos cotidianos con la teoría: los libros que lee, sus intereses intelectuales, Barcelona (como un personaje más), su pareja, las consultas ginecológicas (abusos y absurdos de la sobremedicación del embarazo enfrentados a las teorías de "la vuelta a la Naturaleza" de la gestación, parto y crianza, a las que por otra parte también critica, construyendo un discurso rico y sincero que no cae en lo dogmático), y también aparecen por sus páginas Simone de Beavoir, Catherine Miller, Bataille, Silvia Platz, Casilda Rodrigañez y Adrianne Rich, entre otras.
Aquí estoy yo embarazadísima y, aunque no lo parezca, acojonada.
También me ha encantado, por sentirme muy identificada, el humor inteligente con el que escribe sobre los terrores de las embarazadas en la era de Internet y la sobreinformación, de las complicadas relaciones madre-hija y de los manuales de embarazo y sus a veces rocambolescas afirmaciones, al tiempo que recupera su propio pasado sin mojigatería.
"Por mi parte, ya estaba bastante harta de tener que ubicarme siempre en un lado de alguna estúpida controversia. En el mundo de la absoluta incertidumbre en que vivimos las mujeres fertilizadas cualquier cosa es tema de Estado. Somos tan manipulables que damos asco". (p.86).
También le da tiempo a meterse con los babyshowers, el consumismo voraz desarrollado para hacer que los futuros padres se gasten el máximo dinero posible en la llegada de su retoño y con la plaga del exhibicionismo virtual:
"Si el nacimiento de un niño es un ritual de consumo, Ikea es el templo sagrado al que toda futura madre proletaria debe acudir como una asidua devota". (p. 131)
"Madre e hijo cuerpo a cuerpo. El continuum. Eso era tendencia. También era tendencia, aunque quizá desde la otra orilla, llevar un blog del bebé. Un bebé sin blog es como un ser humano sin blog: un bicho raro. Internet también está saturado de diarios de vida de nonatos".
El libro termina con un precioso relato de su parto, y dice, cuando le ponen a su hija encima:
"Está completa. Solo tiene una marca en un ojo: está herida de guerra. Huele a algo muy limpio (...) Sus manos son larguísimas y translúcidas como las de un vampiro (...)".
Y me emocioné cuando describe sensaciones que yo puedo suscribir palabra por palabra:

"Mi teta negra es un manantial. Es el consuelo para todos los males, quita el hambre y el susto. Siempre lo supe".
A cualquier madre o padre (o a los que estén pensándoselo) y a todos los que os interese una mirada inteligente y divertida sobre la maternidad os recomiendo encarecidamente leer este libro.
Otros dos libros importantes para mí sobre este tema han sido:
y La maternidad y el encuentro con la propia sombra, de Laura Gutman, del que hablé aquí.

 
P.D.: He recibido el comentario de varios lectores contándome que gracias a una de mis reseñas positivas, han decidido comprar el libro en cuestión. Como sabéis, en el menú de la página de inicio hay un apartado de "mis recomendaciones" con una lista de libros imprescindibles en mi periplo lector que podéis comprar a través de los enlaces de afiliados que incluyo. Ahora he decidido incluír estos enlaces de compra en las críticas de los libros que me han entusiasmado dentro del blog. Mi compromiso ético es que siempre he leído los libros y que solo pongo enlaces a aquellos que me encantaría que vosotros/as también leyeráis. Si queréis una explicación más detallada sobre este tema podéis leerla aquí.

Comprar este libro  

lunes, 1 de septiembre de 2014

Stone Junction. Una epopeya alquímica, Jim Dodge


Ana (la librera de Bartleby) me recomendó Stone Junction con un entusiasmo contagioso, sus palabras fueron: "libro imprescindible" y "al que lo lee le cambia la vida". Ufff, qué ganas... y qué vértigo. Me sentía como si me estuviese encomendando un tesoro que había que leer para pasar a formar parte del club de admiradores incondicionales de esta novela iniciática, los guardianes de un secreto y una filosofía de vida. Bueno, pues aunque os parezca una exageración, todo lo que me dijo es verdad.
Stone Junction es "un diamante en bruto", un novela celebradora de la vida con todo lo que esta tiene de juego, de maravilla, de azar y destinación, pero también de infortunio y tristeza.

Después de leer una ristra de novelas autorreferenciales, con mucha reflexión literaria implícita y explícita, y unas cuantas distopías postmodernas, este es el libro que necesitaba. Una novela de iniciación y aprendizaje, irreverente, divertida, enternecedora, sincera y perfectamente construida, que consigue que el lector se sumerja en su universo y no quiera abandonarlo. 


¿Qué puedes esperar de esta novela?

En cierto sentido Stone Junction es una reinterpretación del mito de Robin Hood ambientado en el medio oeste americano en las últimas décadas del siglo XX; y es también un retrato alucinado de la América underground, que cuenta las peripecias de un grupo de personajes al margen del stablishment jugando la carta de la justicia poética que la realidad se empeña en negarles. 

Esta vez los marginados ganan y se desenvuelven en un mundo en el que ellos marcan las reglas y manejan el robo y el engaño en su propio beneficio pero siempre guiados por unas pautas morales que se ponen del lado del que lo necesita, lo que viene siendo quitarle al rico para dárselo al pobre. 

Resumen

La primera parte de la novela, el nacimiento e infancia de Daniel Paesse, al que acompañamos junto a su madre, una huérfana de 16 años a la que le han arrebatado todo menos la determinación, me absorbe como un viaje hipnótico. Todo lo que podría salir mal y lo que uno imagina que va a ser un terrible drama familiar se da la vuelta por arte de magia, y porque la fuerte e ingobernable Anabelle tiene las cosas muy claras, tanto que el universo se pone de su parte para que a ella y a su recién nacido no les falte de nada. En medio de una carretera perdida y bajo un diluvio son recogidos en un coche por Smiling Jack, miembro de la AMO (asociación de magos y forajidos), una organización secreta que velará por sus intereses a partir de ese momento y que actúa al margen de leyes y de gobiernos. 

Daniel tiene esa suerte de infancia mágica y salvaje que muchos casi ni nos atrevemos a soñar. Sin ataduras, obligaciones ni falsa moral. Él pasa sus primeros años en la Naturaleza conociendo a una serie de extravagantes personajes mandados por la AMO para que se refugien en su rancho, y que se convierten en amigos y maestros del niño. No hay nada que entorpezca esa formación libertaria y gozosa, y Daniel se perfila como un antihéroe muy especial. 

Hay pasajes memorables que casi me han hecho llorar de emoción, como aquel en que los personajes corren desnudos por las praderas bajo una lluvia torrencial, momentos descritos con tal limpidez y viveza que uno casi se siente allí, y como dice una de sus críticas, "Es esa clase de libros que te empujan a embadurnarte con sangre de cerdo y a soltar improperios a la congregación desde el tejado". 
A partir de aquí se despliega una grandiosa aventura en la que iremos descubriendo, con Daniel, principios filosóficos inseparables de la vida, artes mágicas, uso recreativo y trascendente de un buen puñado de drogas, alquimia contemporánea, resistencias y libertad...
y bueno, ya he contado mucho más de lo prudente. 

Dejad lo que estéis haciendo e ir en busca de Stone Juction. Es un regalo, un libro lleno de enseñanzas vitales que no pretende adoctrinar, pero que a mí me ha enseñado mucho. 

(Si te interesa este libro y no lo encuentras en tu librería de barrio o en la biblioteca, puedes comprarlo a través de este enlace).  




lunes, 25 de agosto de 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

Leer ficciones que nombran aspectos de mi propia realidad me calma y me hace sentirme menos sola. Me acerqué a La trabajadora con buena disposición, la de leer sobre una correctora de textos y su existencia en precario. Sin embargo al principio me resultó un poco decepcionante. La primera parte de la novela, separada de la segunda como un anexo de esta, me resultó densa, deslabazada y sin mucho interés. Sentía que en el relato despersonalizado de Susana, una mujer medicada por problemas mentales que no se especifican, y su relación con un hombre enano al que ha conocido poniendo anuncios en las páginas de contactos en los que buscaba a alguien que "le lamiera el coño con la regla en un día de luna llena", faltaba algoy la pretendida provocación me parecía algo impostada. Me molestaban las anotaciones en cursiva hechas por otra mujer, Elisa, la narradora de la historia, que transcribe lo que Susana le cuenta, y que subrayan cómo se sentía mientras Susana desplegaba su historia incoherente y quizá mentirosa. El punto de vista objetivista y frío no me atraía, pero es cierto que la segunda parte, La trabajadora, a pesar de mantener un tono similar ha conseguido interesarme más: una correctora a la que pagan tarde y mal (a la que acompañamos, con un malestar difuso, en la degradación de sus condiciones de trabajo), el teletrabajo en la era de las distracciones 2.0, una estabilidad emocional frágil y tambaleante, la medicación psiquiátrica como un personaje más, las existencias a la deriva sin rotura de platos ni dramas griegos, pisos desangelados y siniestros, un Madrid de extrarradio por el que Elisa transita, a veces sin rumbo, plasmado en descripciones concisas y que se alza, o se hunde, amenazador y bello a un tiempo, la relación entre las dos mujeres, sus incomprensiones, recelos y la extraña forma de amistad que sostienen... y poco más, elementos atrayentes pero que no contruyen un todo. Es Un libro lánguido que crea una acertada atmósfera desasosegante pero al que le falta algo.



jueves, 29 de mayo de 2014

No leer, Alejandro Zambra


Un libro titulado No leer solo puede tratar sobre leer; mucho, sin medida, como antídoto para la vida, como forma de entenderla, de reconciliarse con ella, de disfrutarla. 
En este libro el escritor chileno Alejandro Zambra recopila sus ensayos, acercamientos a escritores queridos y alguna crítica, como un diario íntimo sobre sus lecturas. Este aspecto subjetivo y "hogareño" es lo que me ha atraído mucho de estos textos, que son como espiar a Zambra por un agujero hecho en la pared de su cuarto y acompañarle mientras lee, toma café y reflexiona sobre literatura.
Alejandro Zambra ha publicado tres novelas (que aún no he leído pero que están en mi interminable lista de libros por leer): Bonsái, La vida privada de los árboles (2006 y 2007) y Formas de volver a casa (2011) y un par de libros de poesía, pero aquí se reivindica como lector y dice sobre ello: "Pero escribir y leer son experiencias totalmente distintas. El placer de pasar la tarde leyendo fue, para mí, muy anterior al deseo de escribir. Y sigue siendo más pleno, más estable".
Con su faceta como crítico literario todavía tiene cuentas que saldar. Ejerció como tal durante unos años y recuerda sus tiranías, la posición de pseudoautoridad en la que se sentía posicionado o el rencor de los escritores que salían malparados en sus críticas. Zambra encontró mucho más placentera la tarea de cronista de sus lecturas a través de los artículos que publica en las revistas El Mercurio y La Tercera, en las que es mucho más libre para escribir sobre autores a los que admira, libros que está leyendo o que desea leer, digresiones librescas, etc. Es decir, abordar "la crítica" de una forma tangencial y no tiranizada por la mesa de novedades de las editoriales. No leer es la recopilación de estos artículos.

Hay en la introducción una frase con la que me siento bastante identificada en esta época de mi vida: "En este tiempo no estaba seguro de querer dedicarme a la crítica literaria. A decir verdad, no sé muy bien lo que entonces quería ser. Buscaba trabajo. Eso quería ser: alguien con trabajo. Y que mi trabajo consistiera en leer me pareció una oportunidad simplemente maravillosa" (p. 11).

Me resuenan y arrancan una sonrisa de empatía: "Lecturas obligatorias", "Que vuelva Cortázar", "Elogio de la fotocopia" y "Viajar con libros", entre otros. Me ha descubierto a innumerables escritores chilenos que solo conozco de oídas, o ni eso, algunos imprescindibles como José Santos González Vera. Me aporta un nuevo punto de vista sobre escritores que sí he leído como Cortázar, Borges, Manuel Puig, José Donoso o Bolaño. Me gusta mucho su mirada y forma de acercarse a los libros y los escritores, sus círculos, giros y diagonales cuando habla sobre la escritura, y la no escritura, la suya y la ajena, "(...) pero los libros que la gente quiere leer no son siempre los libros que uno quiere escribir. Y los mejores libros son los que no sabíamos que queríamos leer" (p. 109)
Y esta frase, que refleja tan claramente algo que yo también siento, que me encantaría haberla escrito a mí:
"El descubrimiento de un gran escritor de alguna manera modifica todo lo que sabíamos o creíamos saber: sus libros estaban a la espera desde siempre, y es poco o nada lo que podemos decir sobre ellos. Incluso deseamos haberlos leído antes, como si no bastara el momento presente" (p. 135)
Tú lo has dicho, Alejandro Zambra.

Gran libro para metalectores y amantes de la literatura de cualquier pelaje y condición. 

*(Si te interesa conseguir este libro y no lo encuentras en tu librería de barrio o en la biblioteca, puedes comprarlo a través de este enlace y ayudarme a mantener el blog).






sábado, 24 de mayo de 2014

Los papeles de Aspern, Henry James


Los papeles de Aspernse construye sobre pocos elementos: tres personajes, Venecia y los famosos "papeles" que traen de cabeza al narrador. 

Esta nouvelle, palabra elegante y delicada que me gusta utilizar aunque sea en susurros ya que mi pronunciación del francés deja mucho que desear, y que se refiere, simplemente, a una novela corta, está escrita por Henry James. 

Salió publicada por entregas en una revista en 1887 y un año más tarde ya en forma de libro. Esto quizás explica el tono de misterio que envuelve la obra a pesar de que el argumento en sí no tiene mucho de misterioso. Al leerla, sobre todo el primer tercio, por momentos me ha recordado a la sensación que provocan las series de televisión justo un minuto antes de terminar, pensadas para dejar al espectador en suspense hasta el capítulo siguiente. Esto produce un efecto curioso en la narración, ya que después de ese momento "clímax" la resolución es casi inmediata, al estar leyendo un libro completo y no fascículos.  

¿Qué deduzco de esta reflexión? Que me encuentro irremediablemente contaminada por la cultura de masas. Debería leer más clásicos. Sé que son importantes en la formación intelectual y que de ellos derivan casi todos los símbolos e imaginarios que se manejan actualmente en la cultura. En otros momentos vitales, sobre todo mientras estudiaba Filología Hispánica, leí asiduamente clásicos de la literatura, pero ahora que no tengo "mentor" que me guíe por sus caminos, con frecuencia arduos y costosos, me dejo llevar por lecturas más sencillas de acometer. De vez en cuando aún me embarco en un clásico, aunque sea una obra corta y ¿menor?, como en este caso.

¿Lo mejor de la novela? 
La ambientación en un verano veneciano, que consigue trasladarnos al calor pegajoso de sus canales y a los viejos y decadentes palacios que conocieron tiempos mejores.

Los personajes femeninos, con precisas descripciones entre gestuales y psicológicas que nos ayudan a conocer sus motivaciones ocultas. 

La información dosificada sobre el poeta Aspern y la obsesión del narrador con su obra, que hace que la novela juegue con un ritmo creciente hasta el desenlace.

Del autor, Henry James, solo he leído, además de esta, la famosa y muchas veces adaptada Otra vuelta de tuerca,de la que recuerdo que me causó una ligera inquietud. 

Conclusión: un poco de estilo victoriano y psicologismo burgués son un necesario contrapunto a tanto "post" todo. 

Seguiré leyendo, entre otros blogs interesantes sobre libros, este, que invita y da argumentos para leer clásicos básicos.



 






domingo, 11 de mayo de 2014

Cuando un escritor te decepciona: Amélie Nothomb

Cuando uno alberga grandes expectativas sobre algo es fácil que ocurra que el objeto de nuestra admiración nos decepcione o desilusione al sentir que no está a la altura de lo que esperábamos. 

A veces esto pasa con los escritores o con sus libros. Una (o sea yo) se siente un poco triste y entabla, entre dientes, una conversación imaginaria con el autor, o autora en este caso: "¿Cómo has podido escribir algo así? Te desmerece. Te copias a ti misma. ¿Se te han acabado las ideas?".

Quizás es más sano acercarse a los libros como si no supiéramos mucho de ellos, sin esperar que ese escritor/a que en otras ocasiones nos ha conmovido, nos ha hecho reír (nos ha trasladado a su infancia, a África, a las entrañas de una persona ruin, a Brooklyn, a un asesinato en un crucero por el Nilo, a un escuela republicana, a su cabeza, a sus obsesiones...) y ha conseguido que, mientras leemos y a veces también después, estemos allí y no aquí, con el libro bien sujeto y quemándonos la pestañas, vuelva a hacerlo con su siguiente libro.


He de reconocer que cuando empecé a leer a Amelié Nothomb caí rendida a sus pies. Con Estupor y temblores consiguió que me pasase dos días deshuevada, sin poder parar de reírme recreando los espantos y humillaciones de trabajar en una empresa japonesa como la que ella describe. En las siguientes semanas cayeron El sabotaje amoroso Metafísica de los tubos, que me parecieron maravillosas recreaciones imaginarias de una infancia seguramente real, y con las que caí en un dulce enamoramiento. "Qué bien escribe". "Si yo fuera capaz de describir así un enamoramiento" "Qué escritora tan especial", y pensamientos por el estilo. Pasaron unos meses y me lancé a leer su primera novela Higiene del asesino, primera decepción a la que no hice mucho caso. "Aún estaba explorando su voz" "Es un ejercicio de estilo"... En fin que me pareció un truño.

Después de un tiempo prudencial Rocío, que fue la que me la presentó, me prestó Biografía del hambre y volvieron las mieles. Aquí habla de sus desordenes alimentarios y su intrincada relación con su faceta de escritora, y me encantó. 
Yo ya empezaba a intuir cual era el truco. O más bien lo que a mí me gustaba de ella como escritora. Y es que coincidía que todas sus novelas autobiográficas me encantaban, y las otras, como poco me dejaban fría, como comprobé con Antichrista, Ácido sulfúrico y Una forma de vida. Bien escritos, con su estilo personal, pero para mí artificiosos y vacíos de vida, como autómatas virtuosos. 

Más adelante leí Ni de Eva ni de Adan, que vuelve a su vida, y que sirvió de pequeña reconciliación, aunque ya sin grandes fastos. 
Y ahora me han regalado Diccionario de nombres propios, pensando que quizás es una de mis escritoras favoritas. Pero no lo es. Y estoy cansada de sus trucos. 

Por aquí también he leído una crítica de alguien a quien su último libro no le ha gustado nada. 







domingo, 27 de abril de 2014

Intemperie, Jesús Carrasco


Siguiendo a la RAE, el locativo adverbial "a la intemperie" significa: "A cielo descubierto, sin techo ni otro reparo alguno". Y así me he sentido leyendo esta novela de Jesús Carrasco, un escritor con un mostacho imponente, boina no olvido mis raíces, y cara de pacense, (como compruebo en la foto y texto de presentación de la solapa). 

Quizá pueda parecer (por esta introducción) que no me ha gustado el libro; muy al contrario, me ha encantado. Una historia a la que no le sobra nada, precisa, sobria y que se te mete en las entrañas. Un libro que ya estoy deseando releer cuando vuelva a Bienvenida o Paco Vallejo me invite a Villarubia de los Ojos, para, despacio, volver a paladear sus descripciones en los lugares que creo entrever en sus páginas. La España profunda sin ningún nombre propio ni referencia explícita, inmisericorde y profundamente humana a un tiempo. 

Al leerlo no he podido evitar acordarme de Miguel Delibes en sus obras ambientadas en el mundo rural. Sobre todo El camino, Las ratas o Los santos inocentes (esta última con una excelente versión cinematográfica dirigida por Mario Camus). Una crítica también la compara con la escritura de Cormac McCarthy, y aunque al principio me costó ver la relación, después de ponerla un rato en remojo visualicé La carretera, la única obra que he leído de este autor, y a ese padre con su hijo huyendo sin mirar atrás en un devastado mundo postapocalíptico.


Intemperie es la historia de un niño que huye de su casa, en un lugar en medio de ninguna parte, por motivos que desconocemos, pero que se van desvelando sin prisa a lo largo de la obra. En su lucha por sobrevivir y por no ser descubierto se encuentra con un viejo cabrero que aceptará su compañía. Juntos, y a la "intemperie", emprenderán una huida que les transformará y para la que no habrá vuelta atrás.

Es una novela dura, escueta y austera como la llanura en la que se desarrolla. Aparentemente sencilla y construida sobre los mínimos elementos posibles. Esto hace que sea fácil concentrarse en los acontecimientos, que me envuelven hasta hacerme sentir el polvo del camino, la sed lacerante, el hambre y el miedo atroz del niño a ser descubierto. La descripción de la sequía que asola el paisaje, la aridez y una naturaleza dura y que no da tregua, están magistralmente descritos.

Me ha cautivado la forma de describir la lucha de los personajes contra los elementos, su ansia por vivir. En este sentido la historia tiene mucho de libro de supervivencia (una de mis obsesiones). He aprendido, junto con el niño, a buscar agua donde todo parece seco, a cazar pájaros, desarrollarlos y asarlos, a salar la carne de los animales para conservarla, a ordeñar a las cabras... Una vez terminada la lectura me he dado cuenta de que también es una novela de iniciación, o Bildungsroman, en la que el protagonista dejará atrás la infancia.
El autor consigue crear este clima en gran parte gracias al lenguaje que utiliza, en el que cada palabra tiene un porqué y ninguna sobra. Adjetivos densos que parecen tallados en madera. La inclemencia azotando a los personajes y la violencia irracional de humanos que han perdido la compasión, y que paradójicamente también saca a relucir la solidaridad, el apoyo mutuo y lo bondadoso de otros. 
Os dejo un fragmento explícito de la descripción del descuartizamiento de una cabra que me afectó, igual que al niño:

"De nuevo clavó el cuchillo para rajar el abdomen hinchado. A pesar de la tosquedad de la hoja, el metal abrió las fascias como si fueran de manteca caliente. El hedor que liberó le atravesó como un ánima en desbandada, impresionando su memoria de arcilla fresca". (p. 122).

Leer Intemperie duele, pero si podéis no dejéis de hacerlo. 




 

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