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viernes, 18 de marzo de 2016

Como animales (cuento corto)

Como hacía mucho que no incluía en el blog alguno de mis escritos de ficción, hoy me animo con uno. Es una escena, o cuento corto, que escribí en el 2004.

Entro en la estación de Pacífico, chorreando. Llueve a mares. El agua se escurre por mi cuello y se cuela, helada, dentro de la camiseta. 

Desde el andén vacío oigo como el tren se acerca relampagueando. Corro para llegar a cogerlo antes de convertirme en pez, aunque dentro del vagón, en hora punta, bien podría ser un gato encerrado. Suena el pitido que cierra las puertas y salto como un conejo asustado, repitiendo, como siempre, la secuencia de movimientos que me convierten en el hazmerreir de los demás viajeros: parada en seco seguida por un saltito ridículo, maldito agujero de tiburones. 

Dentro, embutidos como sardinas, la subida de la temperatura dentro de un abrigo oso aturde mis terminaciones nerviosas. La luz blanca fosforece a intervalos y suena como si hubiesen encerrado a un montón de grillos en celo dentro de los tubos del techo. Nadie se preocupa por liberarlos. 

Consigo hacerme fuerte en una esquina y mi única distracción en los 30 centímetros cuadrados que me tocan es mirar a caras y  pies alternativamente. El gentío se me antoja un montón de abejas llegando tarde a la colmena. ¿Cuándo habrían perdido las alas? Seguro que no recuerdan el tiempo en el que no tenían que desplazarse bajo tierra para volar de un lugar a otro. Y yo, ¿acaso me acuerdo? 

Zumban a mi alrededor conversaciones salpicadas de risotadas de un grupo de estudiantes mastodónticos, timbres hirientes de frecuencias diversas y silencio malhumorado. Por un momento me creo diferente, más sutil, esforzada en el intento de percepción de las emociones escondidas bajo los gestos de hastío; atenta a mi propio discurrir, el que me hará insensible al neón, a la lluvia eléctrica, al panal de miel, a la alienación... y me creo que eso me salva.

Cuando se abren las puertas en mi parada salgo maquinalmente. Con la confusión del enjambre que me envuelve apresurado tropiezo con alguien, empujándole sin darme cuenta.


­̶ ¡Mira por donde vas, zángana!  ̶ Me increpa.


Y me quedo allí, parada en medio de la marea de medusas. Una gota caliente resbala por mi mejilla hasta el mentón y llega al ombligo, esta vez es salada, yo también soy un animal.






martes, 13 de enero de 2015

Una novela me ronda


Una novela me ronda. La misma que está ahí agazapada desde hace más de diez años, y a la vez otra completamente diferente que he ido construyendo, destruyendo, deconstruyendo y volviendo a construir en mi cabeza al tiempo que yo cambiaba y que todo a mi alrededor se movía, cada vez más rápido, y lo que quería contar dejaba de tener el sentido que yo quería darle y adquiría otro.
La ciencia ficción poética sigue siendo el germen, eso no ha cambiado, aunque la poesía sea cada vez más oscura. Cuando no escucho ese impulso que me lleva a escribir, algo me duele, pero la falta de tiempo y la pereza son gusanos insaciables que lo vuelven todo más difícil. 
Todavía sin disciplina bosquejo escenas y personajes, cuesta sacar las palabras de dentro, pero a veces lo consigo.
Hay una protagonista. Es muy posible que se vaya a llamar Olivia. Quise narrarla en primera e incluso en segunda persona, quería experimentar con el yo ficcional. Ahora creo que la historia la narraré en tercera persona, centrándome más en lo que quiero contar y menos en el experimiento, aunque ella sea también yo, una "yo" que me gustaría ser y otra de la que me avergüenzo.
¿Será este año el que consiga escribirla?










martes, 14 de octubre de 2014

Palabras

L
Las palabras siempre me han funcionado como un bálsamo para el desamor. 
El poema Palabras lo escribí en 2007.


Nuestra historia de palabras

agotadas antes de dichas,

cuchicheadas entre dientes,

susurradas mirando al suelo,
reflejadas en cristales sucios,
vaciladas una y mil veces,
necias y victimistas,
añejas y solas, 
tristes y quejumbrosas,
¡uñudas!
Nuestra historia de palabras
que no admitían réplica.
Plagada de circunloquios
y lugares comunes.
Recorriendo en dos sentidos
una calle sin salida;
mentirosas y vacías.
Hasta que un día te dije:
–No estoy hecha de palabras
… no vuelvas a nombrarme.
 




 















  









martes, 20 de mayo de 2014

Dirigirme hacia allí


Esto es un desahogo. Un ejercicio narcisista. Una página de un diario virtual.
"Si vuelves a escribir quizá vuelvan a pasar cosas" me dijo él delante de una cerveza antes de marcharse. 
Y por qué no. Esa frase puede funcionar como un conjuro psicomágico para mí, que llevo más de cinco años sin juntar palabras en serio.
Y a pesar de todo el victimismo, la autocompasión, las mentiras y las miserias esta vez es diferente. Desde mí y para mí. Vivo el presente aunque sea reinterpretando el pasado. 
Nadie tiene la culpa de que yo no haya sido capaz de escribir todas las novelas que me rondan la cabeza. Parece que estoy aprendiendo la lección. Me vuelvo consciente. Soy responsable tanto de lo que hago como de lo que dejo de hacer. 
No puedo ni quiero olvidar que vivo en un mundo injusto, mal repartido, egoísta, adorador ciego del dinero, la competencia y el dogma del libre mercado. Soy la privilegiada y la que precaria. Sigo siendo responsable de lo que me toca, así que si no hago nada, quejarme de lo que me ha tocado vivir solo es una perdida de tiempo y energías que no va a conseguir que las cosas mejoren. 
Hay momentos en la vida en los que (a riesgo de sonar prepotente) uno siente que está en sintonía con algo, hacia fuera o consigo mismo, con los deseos profundos y los sueños que aún no se han cumplido.
Me pasó con veintipocos cuando se materializaron las derivas situacionistas y la revolución de la vida cotidiana. Volví a sentirlo cuando adquirí conciencia política y empecé a hacer cosas en colectivo pensando un poco más allá de mis deseos inmediatos. Me ha pasado en algunos viajes iniciáticos, leyendo Rayuela y Los detectives salvajes, cuando predicábamos con el ejemplo el amor sin posesión y cuando gesté, parí y nutrí a mi cría. Y ahora me vuelve a pasar, conectando conmigo misma, con la escritora que siempre ha estado ahí experimentando la vida y escondiéndose para no tener que pelearse con los folios, y que ahora tiene un propósito, un lugar al que dirigirse. Siento de una forma sorda y difusa una energía nueva dentro de mí. Es la determinación de llevar a cabo lo que deseo. Y cuesta, me resisto, pero las excusas ya no me satisfacen y cada página que escribo, y las que decido mostrar, me acercan más a esa meta y a mí misma.

 Gracias por acompañarme en el camino.

jueves, 15 de mayo de 2014

Poesía ficción

Este poema lo escribí en el 2009, cuando el colapso sordo en el que vivimos instalados aún era un murmullo. Encerrada en mi subjetividad yo empezaba a inquietarme por el aislamiento que intuía en los interminables chats por skipe en medio de un invierno helado que parecía no tener principio ni fin. 
Esto no es ciencia ficción.



En un mundo donde el plástico crujía dioxinas,
donde la única forma no obscena
de agitación revolucionaria
eran rojos imputs de bebidas podridas,
donde “mujer recauchutada” ya no eran palabras
de viejos libros de ciencia ficción.
Allí, tú y yo, no-habitando un no-lugar
queriendo no-querernos,
en un mundo virtual
enchufado y conectado
a puertos sin mares.

Quería verme
más allá de todo eso,
pero solo veía mi reflejo 
multiplicado en el plasma,
refulgiendo de insatisfacción y deseos en 5.1.
En un mundo de aire enlatado y tetas de vinilo cromático
donde los créditos instantáneos y las hipotecas de por vida
acechaban de púrpura pasión patentado,
increpándonos con el dedo desde marquesinas rotas.
Muchos días mi único interlocutor era la máquina,
que me llamaba puntual, siempre a las 4.
Quería mirarte más acá de todo eso,
pero me distraían los escaparates
cuajados de dorados y diamantes falsos.
El asfalto ardía.
La cadena de montaje
descuartizaba animales 
criados en laboratorio.
Obligados a la felicidad, si podías comprarla,
aunque fuera a plazos.
Y yo no era feliz, mi pequeño acto de rebeldía,
Aunque solo fuese por falta de dinero.





sábado, 19 de abril de 2014

Tu sombra y tú


Hubo un tiempo en mi vida que estuvo plagado de desamores y realismo mágico. De esa mezcla a veces salían historias, que en vez de estar olvidadas en un cajón se pudren en los archivos de mi ordenador. Ahora que dedico mis energías a otras cosas, pero que despierta de nuevo la literatura tengo valor para darles un repaso y sacarlas a la luz.


 El día que te marchaste no me dio tiempo a reaccionar, así que me dejaste con la palabra en la boca, con una frase a medias y con una de mis caras de autocompasión. Solo tuve tiempo de girar la cabeza y ver cómo te alejabas.

―No pierdas el tiempo con los libros, hay tantos que nunca podrás leerlos todos ―te oí gritarme con sorna.

Pero yo me empecinaba en leer las vidas de otros, cuanto más sórdidas mejor, y en pelearme con los cuadernos para sacar la frustración, la envidia y las historias sin futuro que me corroían por dentro. Quizá por eso te convertí en un recuerdo, un personaje estereotipado y mal construido.

 Volví a mi casa, a encerrarme entre cuatro paredes y lamerme las heridas. Por fin me liberé de la espera ansiosa a que sonara el timbre de la calle, que siempre picabas como si te hubieras quedado pegado, y del miedo reconcentrado a que un día me dejaras, después de todo ese día era hoy. Una historia absurda que no iba a llegar a ningún sitio, lo supe desde el principio. Te mirabas en mí, como si yo fuera parte de tu reflejo; y yo solo veía tu sombra para que tu vanidad no me aplastase. La literatura era mi coartada para que me quisieras a través de las palabras. El envite no me funcionó, al escribir me volvía demasiado “yo” y te tapaba, dejándote en un claroscuro. Aquello no le gustó a tu ego, y corriste por las calles sucias de Madrid en primavera para no verme más.

A la mañana siguiente tuve un presentimiento, miré debajo de la cama y allí estaba; tu sombra de mediodía, la que te hacía parecer más alto y bien plantado. Corriste tanto que te la dejaste olvidada. Como no sabía qué hacer con ella (nunca antes había tenido una que no fuera la mía), decidí cuidarla como a una planta. Te tenía tanto cariño, a pesar de todo, que no quería que se marchitara y terminara por desaparecer; quizás un día volvieras a por ella. La cogí por los pies y la enrollé para que fuera más manejable. Le hice un hueco en la ventana de mi cuarto y los días impares la regaba, pero no sirvió de nada, cada vez estaba más mustia, como que le faltabas tú. Un día la desenrollé para sacarla a pasear, pero no se mantenía en pie por sí misma. Esperé a que fueran las doce del mediodía, que era su hora de esplendor, y la pegué con cuidado a la mía uniéndolas por los pies. Al caminar el efecto visual era muy curioso, parecía que mi sombra tuviera dos cabezas, y al cabo de un rato observé, no sin cierto malestar, que se estaban peleando. Fluctuaban y vibraban en una pugna por sobresalir la una sobre la otra. Pero la luz del día fue cambiando y con ella el estado de ánimo de mis dos sombras. Una de ellas, no se cuál, de pronto empezó a llorar sin lágrimas. Intenté acariciarla, pero la otra se enfadó.

Fui al bar donde nos conocimos para que tu sombra volviera a un lugar que le resultara familiar, pero me sentía un poco absurda allí de pie con mis dos sombras mal pegadas, además el contraluz las difuminaba y temí que volvieran a enfadarse, está vez conmigo. Quería volver enseguida a casa antes de que se pusiera el sol y las sombras desaparecieran del todo. Adiviné, de espaldas, tus estúpidos rizos en la acera de enfrente y antes de que pudiera reaccionar tu sombra te reconoció, se despegó de la mía y salió corriendo detrás de ti.


Yo cantaba, menudo alivio.



martes, 1 de abril de 2014

¿Hay que dar explicaciones?

Escribir este blog, hablar sobre los libros que leo es nada más, y nada menos, que un comienzo. Volver a dedicar espacio mental y energías a escribir, esta vez sabiendo que no hace falta esperar a que se cumpla el sueño de publicar un libro para que alguien me lea. El cosquilleo del ego es muy dulce, más de lo que me gustaría admitir. 
Pero escribir solo sobre lo que escriben los demás a veces se me queda corto y despierta el impulso subjetivo, el que alimenta tantos cuadernos que cogen polvo en la estantería y que son la prueba tangible de la escritora que está escondida en mí. 
De nuevo necesito tener el cuaderno siempre cerca, aprovechar los instantes en los que puedo abstraerme, buscando sin encontrar las palabras justas. 
Así que quizás ha llegado el momento de volver a escribir ficción, con entereza para admitir que quizá es malo, pero aún así con ovarios para mostrarlo.
De vez en cuando colgaré esbozos de historias, acercamientos a la novela que planeo, quizás hasta algún poema.
Parece que sí, que consideraba necesario dar una explicación.

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