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viernes, 10 de abril de 2015

a veces la musica...

(Nota: esta entrada la he escrito para ser leída mientras se escuchan las canciones que he añadido al final).
Cualquiera que lea estas líneas sabe que la vida a veces se pone dura, y que en esos momentos es difícil no ver solo lo negro, que todo se nos hace cuesta arriba y que la realidad, acelerada e injusta, no ayuda al optimismo, y sin embargo... a veces solo con mirar a las niñas y los niños jugar, con cerrar los ojos y respirar, con escuchar la música adecuada. 
Hace dos días descubrí a la cantautora Natalia Lafourcade y ella ha conseguido con sus canciones que el viento sople en otra dirección, conectándome con aquello que tengo roto en mi interior y que necesito sanar.
Esta poesía es para ella. Gracias, Natalia.

Ya creía que la música había perdido sus poderes,
cuando ya nada me removía.
Llegó ella, y en un segundo 
me hizo de nuevo consciente,
mis venas latiendo fuerte,
el recuerdo de mi placenta bombeando vida.
Como un árbol enraizado mis pelos florecen
y se erizan con sus notas.
Dejo que el sol me acaricie, 
me limpio de todo lo feo
que no podía dejar de ver.
"Yo te llevo adentro, hasta la raíz".
El asfalto se rompe con mi caminar, oigo las plantas crujiendo bajo el suelo y su poesía es zumo de inspiración para materializar esa selva fresca que se esconde detrás de las fachadas "para el espíritu elevar y dejarlo llegar al fin". Hay  marimbas y tambores, el olor de las olas rompiendo furiosas. Me cruzo con sonrisas recién despertadas. Estábamos tan tristes. Ahora pataleamos a conciencia "voy a crear un canto para poder exigir que no les quiten a los hombres lo que tanto les costó construir". Eleva tu canto, Natalia, mi siesta era pesada y duraba ya demasiado, silbo y paladeo tu voz. Estás aquí, tan cerca, con tu música.
(Para Natalia Lafourcade)






martes, 14 de octubre de 2014

Palabras

L
Las palabras siempre me han funcionado como un bálsamo para el desamor. 
El poema Palabras lo escribí en 2007.


Nuestra historia de palabras

agotadas antes de dichas,

cuchicheadas entre dientes,

susurradas mirando al suelo,
reflejadas en cristales sucios,
vaciladas una y mil veces,
necias y victimistas,
añejas y solas, 
tristes y quejumbrosas,
¡uñudas!
Nuestra historia de palabras
que no admitían réplica.
Plagada de circunloquios
y lugares comunes.
Recorriendo en dos sentidos
una calle sin salida;
mentirosas y vacías.
Hasta que un día te dije:
–No estoy hecha de palabras
… no vuelvas a nombrarme.
 




 















  









jueves, 15 de mayo de 2014

Poesía ficción

Este poema lo escribí en el 2009, cuando el colapso sordo en el que vivimos instalados aún era un murmullo. Encerrada en mi subjetividad yo empezaba a inquietarme por el aislamiento que intuía en los interminables chats por skipe en medio de un invierno helado que parecía no tener principio ni fin. 
Esto no es ciencia ficción.



En un mundo donde el plástico crujía dioxinas,
donde la única forma no obscena
de agitación revolucionaria
eran rojos imputs de bebidas podridas,
donde “mujer recauchutada” ya no eran palabras
de viejos libros de ciencia ficción.
Allí, tú y yo, no-habitando un no-lugar
queriendo no-querernos,
en un mundo virtual
enchufado y conectado
a puertos sin mares.

Quería verme
más allá de todo eso,
pero solo veía mi reflejo 
multiplicado en el plasma,
refulgiendo de insatisfacción y deseos en 5.1.
En un mundo de aire enlatado y tetas de vinilo cromático
donde los créditos instantáneos y las hipotecas de por vida
acechaban de púrpura pasión patentado,
increpándonos con el dedo desde marquesinas rotas.
Muchos días mi único interlocutor era la máquina,
que me llamaba puntual, siempre a las 4.
Quería mirarte más acá de todo eso,
pero me distraían los escaparates
cuajados de dorados y diamantes falsos.
El asfalto ardía.
La cadena de montaje
descuartizaba animales 
criados en laboratorio.
Obligados a la felicidad, si podías comprarla,
aunque fuera a plazos.
Y yo no era feliz, mi pequeño acto de rebeldía,
Aunque solo fuese por falta de dinero.





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