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viernes, 17 de octubre de 2014

Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española. Selección y prólogo de Juan Gómez Barcena

Vi este libro expuesto en una estantería de novedades de la biblioteca y lo cogí pensando que leerlo sería una buena oportunidad de acercarme a jóvenes escritores españoles. Autores que no conocía ni de oídas y que han sido recopilados en este volumen por criterios que he de confesar que se me escapan, más allá de lo generacional (tienen que ser autores de menos de treinta años) y de la breve nota biográfica que acompaña a cada relato: ha ganado "X" premios, ha publicado tal libro, le han dado una beca o escribe en la revista... Suponiendo que estos logros se deban a méritos literarios probados pueden suponer un buen criterio de selección para una antología, pero también es cierto que en el mundo del arte y de la literatura el por qué se publica y se premia a unos autores y no a otros a veces tiene que ver con factores extraliterarios.
He de decir que en general los relatos me han dejado bastante fría. Quizá porque no he conseguido meterme en el universo que me proponían, porque los confundía unos con otros sin llegar a apreciar el estilo del escritor o de la escritora, porque constato en algunos de los autores los titubeos que yo también tengo a la hora de construir personajes y tramas.
Para mí los más destacables son: "Yo mataré monstruos por ti" de Victor Balcells, por su prosa poética y su capacidad de crear atmósferas oníricas sacadas del costumbrismo; "Yo no iba a venir" de Cristina Morales, que es una divertida sátira sobre las ponencias feministas y las cuestiones de género en la teoría de la literatura; y "La última obra de arte" de Juan Soto Ivars, porque crea tensión desde la primera línea y da miedo.
Como señala Juan Gómez Barcena, el antólogo, se ve claramente una querencia por el tema familiar. Casi todos los relatos están plagados de abuelos, tíos, padres y madres. En muchos de los relatos la ambientación es explícitamente autóctona y hay en varios de ellos un interés por el lirismo narrativo y las imágenes simbólicas.
Me parece una iniciativa interesante y necesaria de renovación y posibilidad de dar a conocer a autores poco o nada publicados, aunque bajo mi punto de vista el resultado es desigual.









sábado, 19 de abril de 2014

Tu sombra y tú


Hubo un tiempo en mi vida que estuvo plagado de desamores y realismo mágico. De esa mezcla a veces salían historias, que en vez de estar olvidadas en un cajón se pudren en los archivos de mi ordenador. Ahora que dedico mis energías a otras cosas, pero que despierta de nuevo la literatura tengo valor para darles un repaso y sacarlas a la luz.


 El día que te marchaste no me dio tiempo a reaccionar, así que me dejaste con la palabra en la boca, con una frase a medias y con una de mis caras de autocompasión. Solo tuve tiempo de girar la cabeza y ver cómo te alejabas.

―No pierdas el tiempo con los libros, hay tantos que nunca podrás leerlos todos ―te oí gritarme con sorna.

Pero yo me empecinaba en leer las vidas de otros, cuanto más sórdidas mejor, y en pelearme con los cuadernos para sacar la frustración, la envidia y las historias sin futuro que me corroían por dentro. Quizá por eso te convertí en un recuerdo, un personaje estereotipado y mal construido.

 Volví a mi casa, a encerrarme entre cuatro paredes y lamerme las heridas. Por fin me liberé de la espera ansiosa a que sonara el timbre de la calle, que siempre picabas como si te hubieras quedado pegado, y del miedo reconcentrado a que un día me dejaras, después de todo ese día era hoy. Una historia absurda que no iba a llegar a ningún sitio, lo supe desde el principio. Te mirabas en mí, como si yo fuera parte de tu reflejo; y yo solo veía tu sombra para que tu vanidad no me aplastase. La literatura era mi coartada para que me quisieras a través de las palabras. El envite no me funcionó, al escribir me volvía demasiado “yo” y te tapaba, dejándote en un claroscuro. Aquello no le gustó a tu ego, y corriste por las calles sucias de Madrid en primavera para no verme más.

A la mañana siguiente tuve un presentimiento, miré debajo de la cama y allí estaba; tu sombra de mediodía, la que te hacía parecer más alto y bien plantado. Corriste tanto que te la dejaste olvidada. Como no sabía qué hacer con ella (nunca antes había tenido una que no fuera la mía), decidí cuidarla como a una planta. Te tenía tanto cariño, a pesar de todo, que no quería que se marchitara y terminara por desaparecer; quizás un día volvieras a por ella. La cogí por los pies y la enrollé para que fuera más manejable. Le hice un hueco en la ventana de mi cuarto y los días impares la regaba, pero no sirvió de nada, cada vez estaba más mustia, como que le faltabas tú. Un día la desenrollé para sacarla a pasear, pero no se mantenía en pie por sí misma. Esperé a que fueran las doce del mediodía, que era su hora de esplendor, y la pegué con cuidado a la mía uniéndolas por los pies. Al caminar el efecto visual era muy curioso, parecía que mi sombra tuviera dos cabezas, y al cabo de un rato observé, no sin cierto malestar, que se estaban peleando. Fluctuaban y vibraban en una pugna por sobresalir la una sobre la otra. Pero la luz del día fue cambiando y con ella el estado de ánimo de mis dos sombras. Una de ellas, no se cuál, de pronto empezó a llorar sin lágrimas. Intenté acariciarla, pero la otra se enfadó.

Fui al bar donde nos conocimos para que tu sombra volviera a un lugar que le resultara familiar, pero me sentía un poco absurda allí de pie con mis dos sombras mal pegadas, además el contraluz las difuminaba y temí que volvieran a enfadarse, está vez conmigo. Quería volver enseguida a casa antes de que se pusiera el sol y las sombras desaparecieran del todo. Adiviné, de espaldas, tus estúpidos rizos en la acera de enfrente y antes de que pudiera reaccionar tu sombra te reconoció, se despegó de la mía y salió corriendo detrás de ti.


Yo cantaba, menudo alivio.



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