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domingo, 25 de marzo de 2018

¿Quién controla el futuro?, Jaron Lanier


¿Quién controla el futuro?, Jaron Lanier


(No ficción)


Jaron Lanier, el autor de ¿Quién controla el futuro? bien podría ser un personaje de una novela de ciberpunk de William Gibson o un viajero en el tiempo buscando justicia en una epopeya de streampunk... Eso es lo que pienso cuando veo su foto de autor en la contracubierta del libro, con sus rastas, su cara de buena persona y su mirada aguda.

Pero más allá de los chascarrillos, Lanier me ha parecido, después de leer este ensayo, una persona muy inteligente y con planteamientos clarividentes y necesarios que deben ser difundidos.


El tema principal que desarrolla el ensayo es el futuro de internet y el de las sociedades occidentales (o más bien de las ciudades-mundo) en las que se desarrolla esta tecnología ubicua en la era del posglobalismo digital.

¿Quién controla el futuro? es un libro pesimista y crítico con la deriva de nuestras sociedades y con lo que nos deparan las próximas décadas debido a la automatización y digitalización de la economía. Y esto es algo que llama la atención viniendo de un gerk, un flipado de la tecnología, que trabaja para Microsoft y que fue uno de los primeros desarrolladores de la realidad virtual.

Él, y yo estoy de acuerdo, cree que el concepto del "todo gratis" en internet, al que tan acostumbrados estamos, está degenerando cada vez más rápidamente en una gigantesca concentración de poder para la plutocracia y una depauperación del nivel de vida de capas cada vez más amplias de la sociedad. 
La denuncia que hace se resume en la frase: "Cuando una empresa te ofrece algo gratis en internet, debes saber que no eres su cliente, eres su producto". 
¿Quién controla el futuro? Jaron Lanier
Aquí el autor parece bastante analógico tocando esta flauta de tres bocas.
Esto significa que el gran negocio de las empresas tecnológicas, y de dónde sacan cantidades astronómicas de dinero, son los datos de los usuarios que utilizan sus servicios. El big data se basa en una compraventa oscura de nuestros datos, que regalamos despreocupadamente por internet  (alegrándonos de poder usar servicios gratis), sin darnos cuenta de que nos hemos convertido en la gallina de los huevos de oro gracias a la cual estas empresas se están forrando mientras empobrecen a capas cada vez más amplias de población.
Además de la venta de datos, Jaron Lanier analiza la perversión de un sistema de cosas que nos impele a crear contenido de valor para la red (cada vez más rápido y en cantidades mayores) de forma gratuita, sin cobran nada por ello; y como esto alimenta la rueda del "todo gratis" en los que los únicos que ven beneficios por el contenido que todos creamos (como el que ahora mismo genero al escribir estas líneas), son los grandes oligopolios dueños de las plataformas.

Para evitar esta distopía en la que estamos inmersos, propone medidas de redistribución del valor y la riqueza digital para que los ciudadanos puedan seguir creando contenido de valor en la red cobrando por ello. 
En un marco económico de desmaterialización de la economía, la única forma de que la clase media y el precariado puedan vivir dignamente es que todo ese tiempo y conocimientos que están volcando en la red gratuitamente se pague. 
En este modelo, las grandes empresas tecnológicas tendrían que cambiar su política actual y redistribuir los enormes beneficios que ahora obtienen sin entregar nada a cambio a las sociedades y los individuos que les están haciendo ricos.

En este ensayo, Jaron Lanier nos habla de los ideales que impulsaron la creación de internet, y como la red partió de unos ideales de difusión del conocimiento y libertad "la información debía fluir sin trabas y nadie debía pagar por ella". Pero, con el tiempo, se vio que la forma de rentabilizar este modelo era la creación de los grandes imperios-espía publicitarios (en sus palabras).


Y aquí viene el nudo gordiano: Todo será gratis en Internet a cambio de que las personas que lo usemos renunciemos y vendamos nuestra privacidad a estas empresas. De nuevo la visionaria frase: "Tú no eres el cliente de las grandes corporaciones, eres su producto".



Tenemos un enorme problema, porque estás grandes empresas y sus granjas de servidores más avanzados y potentes se comportan como parásitos que extraen riqueza de la economía real sin dar nada a cambio a esa sociedad de la que viven.


Esta política del todo gratis avanza sin pausa, y mezclada con la mecanización, robotización y otras problemáticas y desafíos impulsados por la cuarta revolución industrial hacen que cada vez haya menos trabajo y se pague menos por él: la clase media está en vías de desaparición.



En la segunda parte de ¿Quién controla el futuro? el autor plantea, de forma muy detallada, posibles soluciones a estos problemas de una forma muy lúcida y detallada.
Su apuesta o proposición visionaria, es la de un mundo digital humanístico en el que se rediseñe el concepto de internet desde sus cimientos, y se proteja a la población de las grandes corporaciones con diferentes medidas, entre ellas la renta básica.
No habla de luchar contra los avances, lo cual es imposible y no tiene sentido, pero sí de ponerlos al servicio de una sociedad más igualitaria y justa.

Si os interesa el mundo en qué vivimos, a dónde va y alternativas para mejorarlo, no dejéis de leerlo.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Yo, precario, Javier López Menacho

La lectura de este libro me remueve, como no podía ser de otra forma, por mi interés (y sufrimiento) del trabajo y la existencia en precario
El precariado como clase social ha venido a sustituir en este siglo a la clase obrera de los siglos XIX y XX, y en los últimos años empieza a generar discursos teóricos y diversas aproximaciones (por ejemplo esta, autobiográfica) que le dan un marco intelectual y sociológico al fenómeno. Un autor de referencia en este tema es el británico Guy Standing, con sus libros El precariado, una nueva clase social y El precariado, una carta de derechos. 

Las cosas que cuenta dan miedito, pero en una época en la que el neoliberalismo está consiguiendo cargárselo todo, los precarios (que, no nos llamemos a engaño, somos legión) necesitamos crear nuestro propio discurso enmarcado en la realidad que nos ha tocado habitar y no apelando a algo que ya no existe.
Este libro afronta el tema desde la perspectiva del relato en primera persona, y escuece.
El autor relata con humor negro, sarcasmo y una amargura que no cae en el victimismo su paso por diferentes trabajos temporales (además de absurdos y sin ningún tipo de valor) y sus vivencias, completadas con pinceladas un análisis sociológico.
En el libro se habla de estos trabajos como el empleo al que están abocados en España la mayoría de jóvenes de menos de 30 años. Lo triste es que no solo pasa en España y que a muchos de los que estamos entre los 30 a los 40 no nos va mucho mejor.
La inestabilidad laboral, el empleo basura y la práctica desaparición de los derechos laborales se ha convertido en la nueva normalidad.
¿Cómo es posible no verlo? Mi opinión es que para una gran parte de la generación anterior a la mía sí resulta fácil, básicamente porque no lo sufren.
Hacerse fuerte, conocer la propia situación y dónde se encuadra tiene que ser algo que vaya más allá de la queja llorona; y eso es lo que hace Javier López Menacho en Yo, precario. Coge sus trabajos de mierda y hace una crónica corrosiva de su día a día, para que el lector se ría y a la vez se le congele la sonrisa en la cara.
El autor describe sus ocupaciones, paradigmáticas de "lo precario", basándose en las crónicas del periodismo gonzo, concepto ideado y puesto en práctica por el escritor norteamericano Hunter S. Thompson.
Algunas de las características del precariado son: sueldos bajos, trabajos en los que se exige una alta cualificación que no se remunera acorde a la formación o experiencia o, por el contrario (como es el caso de los trabajos del autor) trabajos que no requieren ninguna cualificación y que están totalmente por debajo de la formación y expectativas de los trabajadores; falta de identificación con el trabajo, los compañeros o la tarea a desempeñar; ausencia de derechos; ausencia de convenios laborales, etc.
Como dice Manuel Rivas sobre el libro en el prólogo:
"La desesperanza se eleva con la risa, el fracaso camina con lo cómico irreductible, y el protagonista, el trabajador despojado y humillado hasta el borde de la inexistencia afronta la injusticia con la épica más sutil. El precario es un héroe de la ironía".
A través de este relato el precario se hace fuerte y adquiere una voz, que denuncia sin adoctrinar, la voz de la primera persona del precariado.
Javier López Menacho, al borde de la treintena y casi sin dinero para pagar el alquiler es incapaz de encontrar un trabajo mínimante estable ni relacionado con sus estudios (a pesar de tener una carrera universitaria, un máster y esa ristra de cursos de especialización que son sobre todo un negocio para los que los imparten). Así que, desesperado, manda un currículo para hacer de mascota chocolatina gigante para una marca de alimentación... y le cogen. El trabajo es denigrante, absurdo, pesado (por el traje que tienen que llevar) y mal pagado. Así que para soportarlo, cuando llega a casa se dedica a escribir las crónicas de su día. Y este es el germen de Yo precario. Y junto a Javier nos sentiremos mascota corporativa, controlador de máquinas de tabaco, encuestador para una marca de telefonía y animador futbolístico.
Como no recordar mis trabajos de: repartidora de periódicos y publicidad, encuestadora de calle, montadora de routers, limpiadora de hoteles, váteres y salas de fiesta, camarera de bodas y eventos, monitora de tiempo libre... y lo más desasosegante es que aunque por un tiempo parezco haberme librado de este tipo de trabajos, los que hago (cualificados) todavía no me han permitido salir de la precariedad.











martes, 16 de diciembre de 2014

Cenital, Emilio Bueso

"El capitalismo se concibe a sí mismo, utilizando la frase de Fukuyama, como el fin de la Historia, pero lo que no tiene en cuenta es que esto lo han pensado casi todos los imperios que han existido hasta ahora, y que luego han caído; que ellos eran la expresión máxima de la civilización humana y que eran invencibles". (Juan Carlos Barba en un programa de Radioactividad).

De los libros que reseño hay algunos que funcionan como una excusa para hablar de la realidad, de lo que me preocupa, libros que trascienden la historia que cuentan o su valor literario. Cenital es uno de ellos.
Esta novela es un acercamiento ficticio a un colapso cilivizatorio. Una elucubración o anticipación de lo que podría ocurrir en nuestra sociedad de consumo cuando el petroleo se agote. El protagonista es Destral, un visionario y un miserable, alguien que ve venir el desastre antes de que se produzca y que decide sobrevivir. Para ello empieza a escribir un blog, Cenital, donde va contando lo que sabe acerca del peak oil (el cénit del petróleo) y mediante el cual va reclutando  a personas concienciadas con el problema para formar una ecoaldea que les permita sobrevivir en un mundo desolado y salvaje por la falta de insumos energéticos de alto rendimiento. 
En la novela se superponen varios planos y la trama avanza utilizando el recurso de los saltos en el tiempo, alternando el presente de la ecoaldea y su dura lucha contra los elementos y la barbarie, el blog de Destral y la historia personal de cada uno de los habitantes del pueblo antes y después del colapso. 
Cenital es una novela ágil, con descripciones y creación de atmósferas muy cinematográficas y logradas, con un punto de partida interesantísimo y con una visión matizada, muy alejada del buen salvaje, del arquetipo del superviviente.
Me ha gustado bastante y la he leído sin soltarla, lo cual no es poco decir, y a veces agradezco lecturas sencillas que fluyan y me transporten. También es cierto que a mí el tema que trata me toca especialmente, como ahora os comentaré. Otro punto a su favor es la contribución de Emilio Bueso al terreno de la ciencia ficción, la fantasía y el terror de la literatura en español, que es poco más que un erial. Dicho esto, también le he encontrado fallos en el plano literario: los diálogos entre los personajes son con frecuencia forzados y están retratados de forma algo estereotipada.
Y ahora después de hacer esta crítica quiero hablar de lo que subyace detrás de la obra. Muchos lectores la leerán simplemente como una novela de ciencia ficción anticipatoria en la que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero yo creo que su valor también radica en dar a conocer, mediante la ficción, un problema que es real y del que ya estamos sufriendo las consecuencias (unos más levemente que otros) y que, según mi punto de vista, se va a ir agudizando en los próximos años y décadas. 
Llevo cuatro años leyendo e informándome sobre el problema del agotamiento de los combustibles fósiles, su relación con la crisis en la que estamos inmersos y a la que no se le ve fin y los posibles escenarios de futuro que nos esperan si como sociedad no aceptamos el problema y tratamos de buscar soluciones. La persona que me abrió los ojos a este enorme problema fue el científico Antonio Turiel, gracias a su blog de divulgación The Oil Crash. Si no lo conocéis podéis empezar leyendo esta entrada del 2010, que refleja bastante claramente cómo se han ido desarrollando los acontecimientos estos cuatro años y justifica el por qué no vamos a salir nunca de esta crisis. Si preferís un video en el que hace una panorámica del problema podéis verlo aquí.
Otra de mis fuentes habituales de información sobre la actualidad desde un punto de vista crítico, plural y sobre todo no vendido a los poderes económicos o políticos son los programas de radio de colectivo burbuja que me acompañan fielmente desde hace más de tres años (quién me iba a decir a mí que me iba a interesar por la economía; pero ahora que intento tener una visión más amplia de lo que estamos viviendo ya no puedo separarla de la política).
Podría ponerme a escribir sobre lo que estoy aprendiendo y lo que creo que hay que difundir, pero no quiero aturullarme ni dar mensajes confusos, por eso he puesto los enlaces para que os informéis vosotros mismos.
Solo decir que sin abordar la crisis ecológica es imposible explicar la crisis de sistema en la que nos hallamos, que como sociedad tenemos la obligación de pensar en el medio y el largo plazo y no solo en nuestro nivel de vida, que estoy convencida de que la problemática del modelo económico basado en los combustibles fósiles que estamos empezando a ver cómo se agota debe ser conocida y discutida por la sociedad en su conjunto y que un decrecimiento basado en la equidad y la redistribución de la riqueza sería para mí el camino a seguir. 
Como dice Antonio Turiel, el fin del capitalismo no es el fin del mundo. Este es un sistema económico, de creencias, como ha habido otros y no supone la culminación de nada.
Hablar sobre estos temas, hacerlos visibles no es ser pesimista, mucho más pesimista es empecinarse en que este sistema es el único posible y que todo debe seguir como hasta ahora a costa del planeta y de la mayoría de las personas que lo habitamos. 
Si no queremos que el escenario de Cenital se haga realidad más nos vale ir espabilando.






sábado, 4 de octubre de 2014

Metacamiseta

Foto de Sergio Frutos. (http://www.sergiofrutos.de/sergiofrutos.php)
La sociedad de consumo en este capitalismo tardío, decadente y cada vez menos orondo no deja de producir objetos, cosas servibles y también inservibles, a un ritmo frenético, para que sean devoradas por nosotros (a la vez que nos devoran) a cambio de dinero, dinero que volverá a la rueda de la producción en cadena y al consumo voraz en una suerte de rueda infernal de hámster que nunca debe detenerse, y que si, como en esta crisis interminable que vivimos, se empieza a ralentizar o hace amagos de pararse, nos plantará frente al "gran problema" del la (chan, chan, chan...) falta de crecimiento
Y así en medio de este apunte que me he marcado sobre el paradigma del crecimiento perpetuo y exponencial, que se ha convertido en un furibundo dios intocable del post capitalismo global, por qué me da a mí por ponerme a hablar de camisetas, que qué tendrá que ver la velocidad con el tocino. Pues porque de tanto mirar a la gente una acaba aprendiendo cosas y elaborando teorías sociológicas de salón. Una de las que cultivo es que las camisetas son un símbolo de este tinglado en el que nos hallamos y una representación fiel de esta "metagilipollez" que nos caracteriza.
Cuando las relaciones interpersonales, el apoyo desinteresado y otros aspectos importantes de nuestras vidas se caracterizan por la liquidez y la incertidumbre se da una hiperreafirmación personal basada en el aspecto físico (las tiranías de la juventud y los estereotipos de belleza) y la forma de adornarse (tatuajes, piercings, etc.) y vestirse.
Es como si los menores de ¿40?, ¿50? años utilizáramos la ropa como eslóganes publicitarios de nosotros mismos, de nuestros gustos, orientación política o posicionamiento vital. Unas veces con conciencia, otras utilizando la ironía y el juego, y otras simplemente porque sí: o llevo una camiseta de Los Ramones sin haberlos escuchado nunca solo porque el revival del heavy es una nueva moda que será devorada y deglutida como todas las demás. La cosa ha llegado a tal extremo que vestimos a nuestros hijos como la extensión en miniatura de nuestras ansias de ser modernos.
Algunos ejemplos espeluznantes (y atrayentes):
  1. La chica con una camiseta en la que aparece una chica (muy parecida a ella) esnifando una gran raya de cocaína que dibuja la palabra Facebook, o hostia que miedo dan las verdades.
  2. Las camisetas de Go Veggi, o hazte vegano o te parto el morro.
  3. Las que llevan el lema Fuck Google, ask me, o me voy a reír del creador.
  4. Chica con unas tetas tremebundas con una camiseta de la cara de la modelo Kate Moss, la cual, gracias a su generosa anatomía, se deforma hasta mostrar una mueca macabra.
  5.   Y para no olvidar los clásicos no puedo dejar de mencionar las camisetas con motivos de los indios americanos o las de las caras del Che, reinterpretadas ya a estas alturas de mil maneras.
Si se os ocurren más ejemplos contádmelos en los comentarios.  




lunes, 25 de agosto de 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

Leer ficciones que nombran aspectos de mi propia realidad me calma y me hace sentirme menos sola. Me acerqué a La trabajadora con buena disposición, la de leer sobre una correctora de textos y su existencia en precario. Sin embargo al principio me resultó un poco decepcionante. La primera parte de la novela, separada de la segunda como un anexo de esta, me resultó densa, deslabazada y sin mucho interés. Sentía que en el relato despersonalizado de Susana, una mujer medicada por problemas mentales que no se especifican, y su relación con un hombre enano al que ha conocido poniendo anuncios en las páginas de contactos en los que buscaba a alguien que "le lamiera el coño con la regla en un día de luna llena", faltaba algoy la pretendida provocación me parecía algo impostada. Me molestaban las anotaciones en cursiva hechas por otra mujer, Elisa, la narradora de la historia, que transcribe lo que Susana le cuenta, y que subrayan cómo se sentía mientras Susana desplegaba su historia incoherente y quizá mentirosa. El punto de vista objetivista y frío no me atraía, pero es cierto que la segunda parte, La trabajadora, a pesar de mantener un tono similar ha conseguido interesarme más: una correctora a la que pagan tarde y mal (a la que acompañamos, con un malestar difuso, en la degradación de sus condiciones de trabajo), el teletrabajo en la era de las distracciones 2.0, una estabilidad emocional frágil y tambaleante, la medicación psiquiátrica como un personaje más, las existencias a la deriva sin rotura de platos ni dramas griegos, pisos desangelados y siniestros, un Madrid de extrarradio por el que Elisa transita, a veces sin rumbo, plasmado en descripciones concisas y que se alza, o se hunde, amenazador y bello a un tiempo, la relación entre las dos mujeres, sus incomprensiones, recelos y la extraña forma de amistad que sostienen... y poco más, elementos atrayentes pero que no contruyen un todo. Es Un libro lánguido que crea una acertada atmósfera desasosegante pero al que le falta algo.



martes, 1 de julio de 2014

Ansiedad, neuras, mala caligrafía y estructuralismo


Ya habéis visto que en el último mes casi no he escrito en el blog. No tengo mucho tiempo, pero sobre todo tengo una importante dispersión mental. Estoy atravesando uno de mis momentos de, llamémosle, "agobio mental". No sé si tiene mucho sentido escribir sobre ello de forma pública, pero tomándome la escritura como parte de la terapia que no me puedo pagar, sí la tiene. Contar los que nos pasa es muy terapéutico y hacerlo por escrito ayuda también a relativizar, entresacar preocupaciones difusas y verbalizarlas. Es parte de un proceso que no funciona siempre en dirección ascendente sino que oscila, gira sobre sí mismo y muchas veces también va hacia atrás. 
Hechos objetivos que ayudan a la neuritis:
  • Estoy estudiando para examinarme del nivel C2 de alemán. Es una meta bastante aventurada ya que mi conocimiento de este idioma tan ingrato al estudio y la memorización es todavía dubitativo y vacilante. Pero, ayyy, este mundo nuestro adorador de títulos, titulillos y titulotes así me lo demanda para tener más opciones de poder ganarme el pan.
  • Estoy en una fase ingrata del aprendizaje, en la que parece que en vez de avanzar retrocedo y sufro un fuerte bloqueo a la hora de expresarme, es decir, que me trabo, declino incorrectamente y a veces construyo frases, sobre todo si son subordinadas, que se parecen a puzles indescifrables. Lo que más me jode es que cometo una y otra vez los mismos errores, de los que soy consciente en el momento en que salen por mi boca sin poder evitarlo. Cosas de la interlingua me dirían los lingüistas.
  • Para añadirle emoción tengo en marcha algunos trabajos de corrección y proyectos que pueden salir o no dependiendo también de lo que me los trabaje.
Las circunstancias me requieren una extrema concentración, pero por el estrés que me genera el asunto esta brilla por su ausencia. Y a cambio tengo una ristra de pinchazos oculares, dificultad para enfocar las letras, dolores de cabeza, tortícolis, nervios aflorantes, und so weiter, vamos que estoy hecha un cromo.
Siempre he sido una persona hipocondriaca, preocupada por la salud o la falta de ella, y sufro episodios recurrentes de somatización. Dolores difusos e insidiosos que me persiguen cuando estoy agobiada o gracias a los cuales me agobio (pescadillas que se muerden la cola y círculos viciosos dixit). En los últimos veinticinco años he sufrido dolores de estómago sin causa conocida, otitis que parecían no curarse nunca, pinchazos de ovarios y pesadeces pélvicas, cistitis no infecciosas por contracción de la vejiga, migrañas musculares y alguna otra cosa que seguro que me olvido. Y todo desapareció después de un tiempo, que objetivamente no fue corto, tan repentinamente como había aparecido. 
Ahora vuelvo a sufrir "la neura" y el malestar físico hace puntual su aparición: "Cucú, ¿te habías olvidado de mí?".
El agobio esta vez también es mental. Mi capacidad de mantener una conversación interesante y fluída se ralentiza. Las palabras se me escurren antes de llegar a pronunciarlas, como si el alemán ocupara su espacio.
Al volver a estudiar de forma regular asisto como una espectadora alucinada a una serie de carencias: desorden, falta de método y lagunas estructurales= caos mental.
Siempre he sido una persona desordenada y hasta hace poco me he jactado de ello, como si en realidad fuera un don concedido a las mentes creativas que se rebelan contra el convencionalismo y la grisura de la vida, pero poco a poco, y a golpes, estoy aprendiendo que necesito ese orden, del que renegaba, en ciertas parcelas de mi vida y para poder conseguir las metas que me propongo.
Así que lanzo el conjuro al aire para librarme de ello: Estoy harta de las pilas y montones de papeles que sepultan lo que busco. Harta de mi letra manuscrita ininteligible y escorada. Aborrezco no saber estructurar los textos sin saltar de un tema a otro y añoro esa formación en retórica y oratoria que nadie me proporcionó más allá del tedioso estudio de la Poética de Aristóteles y los estructuralistas franceses, leídos por profesores hieráticos de voz monocroma.
Mi profesora de alemán pone los ojos como platos mientras me pregunta: "¿No hacías presentaciones orales de los temas de las asignaturas en seminarios de aprendizaje colectivo? No. ¿No os enseñaban a criticar, a disentir, a llegar a vuestras propias conclusiones sobre las materias? Cuento con los dedos de una mano los profesores que siguieron esa senda. ¿Pero qué estudios universitarios son esos" No tengo respuesta. 
Así que en esas me encuentro en medio de una entretenida crisis académica y con montañas de conocimientos a los que enfrentarme. 
¡Dadme ánimos! 











jueves, 5 de junio de 2014

¿Por qué he puesto un botón de donativos en el blog?

Escribir esta entrada no me resulta fácil, y es que cuesta, a mí me cuesta, hablar de dinero; ese constructo simbólico que nos sirve para el intercambio de bienes y servicios, que se ha erigido en dios absoluto de nuestro mundo y sin el que es bien difícil vivir. Hablando en plata (nunca mejor dicho): parné, guita, leuros, pasta, mosca, efectivo, cuartos, pelas... Hacer referencia al dinero causa pudor, sobre todo cuando se tiene poco. 
Nunca he tenido una relación fácil con este "señor" y durante un tiempo pensé que podría vivir casi sin él. Sigo pensando que seguramente seríamos más felices si no dependiéramos del dinero tanto como ahora. Me gustaría ser más autosuficiente, practicar el trueque, participar en redes de ayuda mutua. Pero ahora mismo eso no es una realidad en mi vida. 
Y necesito dinero, mucho o poco, depende de con quién o con qué se me compare. Lo sufiente para no tener que dedicarle tanto espacio mental como me pasa ahora. Poder cubrir mis necesidades, y las de mi hija, sin quebraderos de cabeza. Y claro, luego están los "lujos", y el mío, al que me cuesta tanto renunciar, son los libros. Objetos que se acumulan en las estanterías pero que no ocupan espacio en la imaginación y que son una parte importante de lo que soy y lo que aprendo, y que no son baratos. 
Es paradójico que a los 35 años, cuando se puede decir que más asentada estoy es cuando más me está costando ganarme la vida (no ayuda mucho trabajar pocas horas y no cobrar un duro si me pongo mala o hay vacaciones escolares). También es algo de poca risa ganar más limpiando casas o sirviendo cafés que ejerciendo mi profesión. 
Y escribir sobre libros, retomar la ficción, currarme este blog, esto que adoro hacer, no da dinero.
Sé que estas quejas mal disimuladas sobre mi situación laboral son un reflejo y un retrato de la de muchos de los que me leéis. Y sé que como yo os sentiréis estafados y a veces rabiosos. "He cumplido mi parte, lo que se suponía que tenía que hacer, he estudiado una carrera y un posgrado y sé idiomas y, y... al buscar mi hueco no recibo lo que la otra parte tenía que ofrecerme, muchas veces ni siquiera una oportunidad". Es cierto que he dado vueltas, que me he perdido y me he encontrado, que he tomado decisiones equivocadas, ¿y qué? Me aterraba ser funcionaria y tener un trabajo para toda la vida, ¿y qué? 
Aspiro a un trabajo digno, a no tener que deslomarme por cuatro duros, ni correr de una punta a otra de la ciudad para cubrir mis horas de precariado.
Me cago en la globalización, en el capitalismo neocon, en la misera generalizada de muchos y la riqueza vergonzante de muy pocos, en la troika, en la doctrina del shock, en el poder obsceno de las megacorporaciones, en la injusticia social y la desprotección de los trabajadores, en la invisibilización de los cuidados y la competencia ciega que nos pone a unos contra otros...
y después... sigo estando a dos velas y deseando poder comprar algún libro, tener tiempo para leer y escribir y quizá, ojalá, poder dedicarme a ello. 
Así que si a alguno de vosotros (no los que estáis igual que yo ni los que ya me ayudáis en todo lo que podéis y a los que os estoy tan agradecida) os interesa lo que escribo y queréis contribuir a que lea ese libro que tanto me apetece (y escriba sobre él en estas páginas virtuales) y que no está en la biblioteca del Instituto Cervantes o que nadie me puede prestar, podéis hacer una aportación a este blog (50 cent., 1 euro o lo que os plazca) apretando El botón de donar que está en la barra lateral. El pago se hace a través de Paypal (no hace falta tener una cuenta ya que se puede pagar directamente con tarjeta y de forma segura).
Y qué más puedo decir, esto es una explicación y también una justificación de por qué he puesto el botón de donativos. 
Miles de gracias. 
Os dejo con Paco Ibáñez versionando a Quevedo en Poderoso caballero.



jueves, 15 de mayo de 2014

Poesía ficción

Este poema lo escribí en el 2009, cuando el colapso sordo en el que vivimos instalados aún era un murmullo. Encerrada en mi subjetividad yo empezaba a inquietarme por el aislamiento que intuía en los interminables chats por skipe en medio de un invierno helado que parecía no tener principio ni fin. 
Esto no es ciencia ficción.



En un mundo donde el plástico crujía dioxinas,
donde la única forma no obscena
de agitación revolucionaria
eran rojos imputs de bebidas podridas,
donde “mujer recauchutada” ya no eran palabras
de viejos libros de ciencia ficción.
Allí, tú y yo, no-habitando un no-lugar
queriendo no-querernos,
en un mundo virtual
enchufado y conectado
a puertos sin mares.

Quería verme
más allá de todo eso,
pero solo veía mi reflejo 
multiplicado en el plasma,
refulgiendo de insatisfacción y deseos en 5.1.
En un mundo de aire enlatado y tetas de vinilo cromático
donde los créditos instantáneos y las hipotecas de por vida
acechaban de púrpura pasión patentado,
increpándonos con el dedo desde marquesinas rotas.
Muchos días mi único interlocutor era la máquina,
que me llamaba puntual, siempre a las 4.
Quería mirarte más acá de todo eso,
pero me distraían los escaparates
cuajados de dorados y diamantes falsos.
El asfalto ardía.
La cadena de montaje
descuartizaba animales 
criados en laboratorio.
Obligados a la felicidad, si podías comprarla,
aunque fuera a plazos.
Y yo no era feliz, mi pequeño acto de rebeldía,
Aunque solo fuese por falta de dinero.





martes, 4 de marzo de 2014

Democracia, Pablo Gutiérrez


¿Por qué me siento tan atraída por los discursos de la desintegración?
Leer sobre el presente calma mis contradicciones, lo que dejo de hacer; me da perspectiva y me ayuda a enfrentarme al mundo, a la existencia precarizada y la mercantilización de lo cotidiano. 
Sin herramientas, una persona sensible en momentos vitales alejados del común y de la construcción de alternativas, puede sentirse francamente superada y perdida. El sistema que habitamos, ufano en su decadencia y arrasándolo todo, mientras que nosotras tenemos que digerir este nido de crisis anidadas y desquiciamiento. 
Aunque desearía con todas mis fuerzas otra ficción, esta es la que habito, y desentrañarla, también leyendo libros que abordan aspectos concretos de estas realidades hipercomplejas, me da recursos para la comprensión del mundo y para no caer en el derrotismo.

Cierro la novela "disfuncional" Democracia en el S-Bahn. Cuesta un poco tragar saliva después de leerla. Siento el amargor y la picazón que provocan los libros que dan una bofetada de realidad, incluso siendo tan oníricos y surreales como este. 
Pablo Gutiérrez, el autor, habla de Historia, el presente y su Crisis, a través de la intrahistoria, la vida de Marco. Él es un joven talento del dibujo inmerso en una vida llana, contada mediante flashbacks, partiendo de septiembre de 2008, momento en el que le echan del trabajo. Asistimos a su especial infancia pasada a solas con Cloe, su madre; a su convencional vida de pareja y por último a su metamorfosis final en poeta subversivo y antihéroe de la resistencia. 
Aquí no hay maniqueísmos, ningún personaje es puro, en realidad todos viven en lo miserable, intentando salvarse.
El narrador, aun manteniendo la tercera persona, se adentra en la subjetividad de muchas voces: Marco, su novia, su madre, su jefe, la presentadora de un programa de sobremesa que Marcos no puede dejar de ver cuando se queda en el paro, etc. Y en otro nivel, llamémosle poético, está George Soros, el megainversor capitalista "antisistema" y su viaje iniciático a la selva para convertirse en el especulador espiritual que dictará los destinos del mundo desde su cabaña de madera, y en el mentor de Marco.
La trama avanza a saltos temporales y de punto de vista entre los distintos personajes que componen el tapiz, y los lectores vamos construyendo a retazos el sentido profundo de la novela. 
La prosa es ágil y uno siente cómo los acontecimientos se suceden como una cascada desbocada.
El planteamiento de partida es muy original al tematizar el presente y la crisis económica desde una perspectiva no estrictamente realista, aunque sí profundamente crítica. Es un texto muy poético, en la que el lenguaje es amasado y llevado por vericuetos experimentales que pueden llegar a sobrecoger.
Hacía tiempo que no leía nada que me haya parecido tan original. Pablo Gutiérrez tiene una voz propia que consigue, además de contar una historia, remover nuestras emociones.

Como dicen alguna de sus críticas, es un "brusco despertar al fin del mundo ficticio de la felicidad instantánea y el dinero fácil". "Ágil, brutal e inteligente".


En la portada hay un dibujo de Miguel Brieva, ilustrador imprescindible del que hablaré pronto.


Querría haber escogido algunas citas de Democracia para cerrar la entrada, pero he marcado tantas páginas que ninguna me parece lo suficientemente representativa.  

Es una novela transgresora y necesaria que hay que leer para poder reflexionar sobre los asuntos que plantean, y eso es lo que recomiendo.





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