Esta foto no tiene nada que ver con el tema: una inquietante y hermosa aglomeración de medusas
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Esta entrada son, más que nada, unas palmaditas virtuales en mi propia espalda (da un poco de miedo esta costumbre que estoy adoptando de darme lo virtual por lo real, pero es lo que tiene escribir un blog).
Como podréis ver en los numeritos que están en las profundidades de la página; a donde solo se llega dejando mucho tiempo apretado el cursor o dándole como loca a la rueda del ratón, el blog ha llegado a las 10.000 visitas. Depende de con qué se compare es una cifra ridícula, después de once meses desde que lo abrí, pero para mí es una cifra grandona y significante: son muchísimas personas haciendo click una vez, o tres, o muchas más, son muchos lectores y lectoras y también casualidades, y personas que me han hecho llegar sus comentarios y a las que he conocido en este mundo líquido, gente que habrá huído despavorida ante el aburrimiento y otra a la que he arrancado una sonrisa. Son caricias y pescozones. Es un estadio del camino.
¡MUCHAS GRACIAS! Esto es lo que os quería decir. Seguiré escribiendo y os tendré presentes cuando me ponga delante del teclado.
Si a alguno os apetece seguirme a través de la página de Facebook de Meriendo libros podeís hacerlo aquí dándole un me gusta.
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Escribir esta entrada no me resulta fácil, y es que cuesta, a mí me cuesta, hablar de dinero; ese constructo simbólico que nos sirve para el intercambio de bienes y servicios, que se ha erigido en dios absoluto de nuestro mundo y sin el que es bien difícil vivir. Hablando en plata (nunca mejor dicho): parné, guita, leuros, pasta, mosca, efectivo, cuartos, pelas... Hacer referencia al dinero causa pudor, sobre todo cuando se tiene poco.
Nunca he tenido una relación fácil con este "señor" y durante un tiempo pensé que podría vivir casi sin él. Sigo pensando que seguramente seríamos más felices si no dependiéramos del dinero tanto como ahora. Me gustaría ser más autosuficiente, practicar el trueque, participar en redes de ayuda mutua. Pero ahora mismo eso no es una realidad en mi vida.
Y necesito dinero, mucho o poco, depende de con quién o con qué se me compare. Lo sufiente para no tener que dedicarle tanto espacio mental como me pasa ahora. Poder cubrir mis necesidades, y las de mi hija, sin quebraderos de cabeza. Y claro, luego están los "lujos", y el mío, al que me cuesta tanto renunciar, son los libros. Objetos que se acumulan en las estanterías pero que no ocupan espacio en la imaginación y que son una parte importante de lo que soy y lo que aprendo, y que no son baratos.
Es paradójico que a los 35 años, cuando se puede decir que más asentada estoy es cuando más me está costando ganarme la vida (no ayuda mucho trabajar pocas horas y no cobrar un duro si me pongo mala o hay vacaciones escolares). También es algo de poca risa ganar más limpiando casas o sirviendo cafés que ejerciendo mi profesión.
Y escribir sobre libros, retomar la ficción, currarme este blog, esto que adoro hacer, no da dinero.
Sé que estas quejas mal disimuladas sobre mi situación laboral son un reflejo y un retrato de la de muchos de los que me leéis. Y sé que como yo os sentiréis estafados y a veces rabiosos. "He cumplido mi parte, lo que se suponía que tenía que hacer, he estudiado una carrera y un posgrado y sé idiomas y, y... al buscar mi hueco no recibo lo que la otra parte tenía que ofrecerme, muchas veces ni siquiera una oportunidad". Es cierto que he dado vueltas, que me he perdido y me he encontrado, que he tomado decisiones equivocadas, ¿y qué? Me aterraba ser funcionaria y tener un trabajo para toda la vida, ¿y qué?
Aspiro a un trabajo digno, a no tener que deslomarme por cuatro duros, ni correr de una punta a otra de la ciudad para cubrir mis horas de precariado.
Me cago en la globalización, en el capitalismo neocon, en la misera generalizada de muchos y la riqueza vergonzante de muy pocos, en la troika, en la doctrina del shock,en el poder obsceno de las megacorporaciones, en la injusticia social y la desprotección de los trabajadores, en la invisibilización de los cuidados y la competencia ciega que nos pone a unos contra otros...
y después... sigo estando a dos velas y deseando poder comprar algún libro, tener tiempo para leer y escribir y quizá, ojalá, poder dedicarme a ello.
Así que si a alguno de vosotros (no los que estáis igual que yo ni los que ya me ayudáis en todo lo que podéis y a los que os estoy tan agradecida) os interesa lo que escribo y queréis contribuir a que lea ese libro que tanto me apetece (y escriba sobre él en estas páginas virtuales) y que no está en la biblioteca del Instituto Cervantes o que nadie me puede prestar, podéis hacer una aportación a este blog (50 cent., 1 euro o lo que os plazca) apretando El botón de donar que está en la barra lateral. El pago se hace a través de Paypal (no hace falta tener una cuenta ya que se puede pagar directamente con tarjeta y de forma segura).
Y qué más puedo decir, esto es una explicación y también una justificación de por qué he puesto el botón de donativos.
Miles de gracias.
Os dejo con Paco Ibáñez versionando a Quevedo en Poderoso caballero.
Esta entrada no trata sobre libros, trata sobre mí y mi relación con Internet.
Horror, terror , pavor, y gustirrinín.
Llevo un tiempo (más o menos un año) pensando en abrir un blog personal. El concepto es atrayente: algo privado que hable de mí, de lo que me interesa, y que me sirva como reflexión y estímulo para escribir, pero que a la vez sea público, en el sentido de abierto al exterior.
¿Qué mejor forma de exponer la subjetividad sin exponerse realmente? Un sutil alimento del ego no tan obvio como para que me avergüence (Aún recuerdo como con 20 años reunía a mis amigos en un banco del parque para leerles mis intentos de acercarme a la ficción, y me dan escalofríos de pudor), pero sí lo suficientemente narcisista como para desear que me lean, amigos y desconocidos, y que muchos dedos reales aprieten el engañoso dedo virtual del Facebook.
Me he decidido a llevarlo a cabo no sin cierta contradicción interna. ¿Qué sentido tiene alimentar más la explosión de "yoes" amplificados e hipernarcisistas que inundan Internet? ¿A quién le puede interesar una opinión o un comentario nuevo entre un millón? No lo sé, pero quizá no importa.
No puedo sacudirme la sensación de haber llegado tarde a la fiesta, cuando solo quedan los culos de las botellas y las chustas, cuando la gente empieza a estar aburrida y se duermen, o se van.
Creo que el primer contacto que tuve con los blogs fue a través de dos amigos: Natalia y Fernando, que abrieron sus respectivos sitios, Lunares en los bolsillos y Zombiblogia a mediados de la década del 2000. A mí me parecía algo mágico, así que no les pregunté cómo se hacía aquello ni nada por el estilo. Sus blogs aún están activos aunque ya no escriben en ellos.
Hasta el año 2009 yo no tuve acceso a Internet en casa y mis acercamientos a la red fueron tímidos y lentos. En el 2010, y embarazada de siete meses, tuve que guardar reposo absoluto por amenaza de parto prematuro = mucho tiempo para pensar, leer, y navegar... me enganche sin remedio. Desde entonces hasta hoy me he convertido en una devoradora de información en Internet, y los blogs tienen buena culpa de ello. Se me abrió un mundo ("¿Quién puede querer ver la tele teniendo ESTO?").
Cuando nació mi hija empecé a leer blogs de maternidad. Era fascinante, madres, y algún padre, desnudando la intimidad cotidiana de crianza de su prole, experiencias de todo tipo, consejos, recomendaciones de libros, recursos. He leído blogs de madres: entregadas, modernas, cocineras, forofas del DIY, esencialistas, lactivistas, subversivas, dogmáticas y cursis. Literalmente de TODO.
Este furor lo alternaba con las páginas de supervivencia, sobre el pico del petróleo (aquí) y sus consecuencias, ecologismo (huertos urbanos, decrecimiento, bioconstrucción, reciclaje, redes de trueque, etc.), consolándome con la idea de que si en este momento de mi vida no puedo realizar la praxis tendré que aprender todo lo necesario en la teoría, o como alimentar mis fantasías de convertirme en una survirvalista autosuficiente. Esto es solo una muestra a la que hay que añadir el gran cajón de cosas variadas que uno nunca sabe donde colocar.
El año pasado mi prima y yo intentamos poner en marcha un proyecto de ganchillo, Caxigalinas, en el que yo ya no sigo pero para el que pasé muchísimas horas documentándome sobre todo tipo de artesanías, manualidades, artículos hechos a mano y el mundo de los negocios crafter en Internet.
He de reconocerlo, los hipervínculos son mi perdición y abrir ventanas emergentes un vicio (in)confesable. Cuando descubrí los marcadores con sus posibilidades de crear subcarpetas y ramificarlas ad infinitum abrí la caja de Pandora al "coleccionismo sin límites de espacio". Había caído en las redes del imperio clasificador, cuyo poder no has de subestimar. Me apasiona ese trabajo de almacenamiento, a pesar de su punto Diógenes. No pocas veces me produce más placer documentarme, hacer la selección, nombrar y clasificar los enlaces que leerlos (hay que racionar las horas que uno pasa delante de la bestia). Así que siento una dicotomía entre el orgullo: "es como si hubiera hecho un máster en Biliotecoeconomía y Documentación virtual, y quiero mi título que lo acredite", y la penuria: "la puta red es un saco sin fondo que se come el tiempo de vida real".
¿Y a qué venía todo esto? Seguiré contándolo en otro momento, aun a riesgo de aburrir a los osos.
P.D.: Teniendo en cuenta los sinsabores y frustraciones que me da el mercado laboral no descarto dedicarme profesionalmente a clasificar la información virtual de personas con dinero y sin fuerza para enfrentarse a sus masas informes de datos, que algunos llaman el Googlum. No dudéis en avisarme si buscáis ese tipo de ayuda que os saque del hoyo de las carpetas infinitas.