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domingo, 21 de enero de 2018

De mujeres, palabras y alfileres. El patriarcado en el lenguaje, Yadira Calvo

Después de bastante tiempo, mi madre vuelve a pasarse por el blog para comentar una de sus últimas lecturas, que quiere compartir con vosotros/as.
De mujeres, palabras y alfileres. El patriarcado en el lenguaje, Yadira Calvo


Como muchas otras mujeres de mi edad (sesenta y tantos) participo en grupos políticos y ciudadanos de distinto tipo, lo que antes se llamaba «militancia». En uno de los que me siento más cómoda es en la tertulia feminista de Seco.
Son reuniones que a veces parecen de madres e hijas. Las chicas secanas son veinteañeras y treintañeras, (curiosamente, falta la franja de edad de los 40 y 50 años). Leemos un libro al mes y lo comentamos entre todas en un ambiente distendido y agradable.


Hemos leído desde libros clásicos como Una habitación propia, de Virginia Woolf o El Segundo sexo, de Simone de Beauvoir (ninguna fuimos capaces de leerlo entero) a best seller como El cuento de la criada, de Margaret Atwood y otros más actuales y rompedores como Teoría King Kong, de Virginie Despentes, Quién quiere ser madre, de Silvia Nanclares o La mucama de Omicunlé, de Rita Indiana.

El último ha sido De mujeres, palabras y alfileres, de la costarricense Yadira Calvo, libro que para mí ha supuesto todo un descubrimiento. 

Igual que otras feministas y escritoras latinoamericanas, tiene mucho que decir y además lo dice muy bien.

Hasta ahora las críticas al lenguaje sexista y las propuestas de un lenguaje inclusivo me habían parecido poco argumentadas, difíciles de seguir y a veces hasta ridículas, pero este libro te cambia totalmente la perspectiva. La autora, feminista y lingüista de prestigio maneja una extensa bibliografía, y ha escrito un ensayo serio, riguroso, documentado en el que, sin perder rigor académico, ha sido capaz de transmitir sus teorías de forma amena, con ironía, sentido del humor y sin ninguna pedantería.

Mujer de mente abierta y nada dogmática, su obra no pretende dar recetas fáciles sino intentar entender la situación en la que estamos y plantear cuestiones como estas: Por qué la gramática va del brazo del patriarcado; cómo el léxico se confabula con la dominación; cómo el pensamiento hegemónico a fuerza de repetirse se convierte en la «verdad» oficial, y otras muchas.

Es decir, el libro habla del lenguaje como herramienta fundamental del poder y nos explica cómo durante siglos ha sido utilizado para someter razas, países, clases y muy especialmente a las mujeres, grupos a los que se considera inferiores y a los que no se consiente salir del peldaño que se les ha asignado en la escala social.
No es un libro de lectura rápida sino de tomar apuntes, releer y tenerlo a mano como texto de referencia.

Los seis primeros capítulos, para mí los más difíciles de leer, tienen un enfoque lingüístico, sociológico y político, y explican cómo la lengua oficial estructura y sostiene el punto de vista del grupo dominante y establece lo correcto y lo incorrecto para mantener sus intereses.

Muy interesante es el capítulo dedicado a la Real Academia, un club privado y exclusivo de hombres, en el que lo que menos importa es la lengua y lo que más el mantenimiento del sillón y de los privilegios que conlleva. Grandes figuras de la literatura y la lengua española no han entrado en la RAE por el mero hecho de ser mujeres. La primera entró en el año 1978 y desde entonces solo ha habido diez académicas. Muchos de sus miembros varones se consideran policías del idioma, patriarcas que pontifican sobre lo correcto y lo incorrecto, dictaminan lo que es mala y buena literatura, rechazan cualquier cambio y velan porque no se toque la «esencia» del idioma, lo que en el siglo XIII Alfonso X el Sabio llamó «el castellano derecho».
En los siguientes capítulos, y con muchos ejemplos concretos, se habla del androcentrismo, el sexismo, la misoginia y la violencia machista que lo impregna todo: la política, la cultura, la publicidad, la letra de las canciones, las metáforas, los refranes, los tacos…

Está claro que esta sociedad no va a cambiar de un día para otro, pero entender los mecanismos de la dominación es fundamental para lograrlo y, como dice la autora al final del libro: «Hay que ponerle cascabeles al lenguaje que rebaja y envenena. Que lo oigamos venir, que lo podamos seguir, que todas sepamos de donde viene, con quién se asocia y a donde va».

 





jueves, 6 de julio de 2017

Escribir mujer: Rocío Sliva Santiesteban

ROCÍO SILVA SANTIESTEBAN (Lima, 1963-)

«Escribimos para ser». Elena Poniatowsca
«No quiero la belleza, quiero la identidad». Clarice Lispector

Esta escritora peruana ha publicado cuatro libros de poesía: Asuntos circunstanciales (1984), Ese oficio no me gusta (1987), Mariposa negra (1993, 1998) y Condenado amor (1995) y uno de relatos, Me perturbas (1994 y 2001); también destaca en su labor ensayística y teórica, en particular sobre temas de género.


R.S.S se posiciona en contra de la afirmación de que la literatura no tiene género (entendido este como la construcción social de la diferencia sexual). Para ella lo literario no puede escapar de los roles sociales asignados a hombres y a mujeres. Por lo tanto, la literatura escrita por mujeres estará impregnada inevitablemente por esa huella. Este debate ha dado lugar a muchas opiniones encontradas dentro y fuera del feminismo.

Las mujeres que escriben desde una conciencia feminista buscan encontrar su voz, tradicionalmente silenciada o ninguneada por una sociedad patriarcal. El lenguaje es un arma de poder. Las mujeres como grupo minorizado (término utilizado por Susana Reisz): marginadas en el interior de cada cultura y de cada clase social, tienen que hacerse un hueco en la lengua dominante cuando escriben y usurpar/conquistar su espacio, lo cual convierte el ejercicio de la literatura en un acto combativo en sí mismo.

Estas reflexiones se inscriben en el contexto del feminismo en Latinoamérica a partir de los años 80, que suponen la asunción plena de postulados feministas reivindicados y luchados en las dos décadas anteriores, que buscaban sacar a la luz los mecanismos opresores de la cultura patriarcal y preguntarse por la identidad femenina en general y la identidad de la mujer latinoamericana en particular. Hay un cuestionamiento de los estereotipos de la feminidad impuestos a las mujeres y a la vez buscan sacar a la luz la propia voz, el relato de la propia experiencia. En este contexto es en el que se inscribe la vida y la obra de R.S.S.

Rocío Silva Santiesteban, haciendo suyas las palabras de la periodista Maruja Barrij, se define como una «pequeño burguesa ilustrada», autodefinición que nos da una idea de la posición desde la que escribe.



Hasta mediados del siglo xx la literatura escrita por mujeres había sido considerada y etiquetada como una literatura menor: anclada en lo privado (lo cotidiano y la familia), ausente de nivel simbólico, fragmentaria, subjetivista, sentimental, etc., con un sentido claramente peyorativo. Desde la crítica literaria feminista se ha buscado dar la vuelta y subvertir el valor que se les ha otorgado a estos textos y hacer una reivindicación de «lo íntimo» en la literatura. ¿De qué van a escribir las mujeres si lo público les está vedado? En este sentido la autora afirma: «La mujer posee esa ansiosa búsqueda de lo íntimo, de lo interior, busca una trascendencia en lo cotidiano […], porque una mujer escribe desde los márgenes, desde lo subalterno, desde otro lugar diferente y diferenciado al lugar del varón en la cultura»[1]. Así lo privado se convierte en político.

El volumen de cuentos que voy a comentar se titula Me perturbas y se publicó en 1994. Es un título muy bien escogido ya que la sensación que produce su lectura es de perturbación. Y se presta a un juego de sentido: ¿a quién perturban estos relatos? ¿al lector? ¿a la sociedad machista peruana? ¿a un sector del feminismo? En este sentido es un libro políticamente incorrecto. Provocador, escalofriante, no deja indiferente, hiere la sensibilidad y no hace concesiones. Relata historias siniestras y marginales. Los personajes de estos cuentos están marcados por la incomunicación y la violencia. Los cuentos suelen reducirse, a excepción de «El limpiador», a una sola escena que se narra in media res, sin poner en antecedentes al lector, que va intuyendo retazos de la historia mediante pinceladas. No se reconoce en ellos un entorno social, no se mencionan calles o hechos que guíen al lector sobre dónde se desarrollan los acontecimientos, más que en un par de cuentos en los que se menciona Lima. En este sentido, es claramente subjetivista. Para ilustrar un poco más concretamente los cuentos voy a referir en pocas palabras el argumento de cada uno de ellos: En Aura, una anciana instruye a una mujer joven sobre cómo matar a un hombre, mutilándolo. Esas cosas que piensan las mujeres narra los sentimientos de soledad de una mujer después de acostarse con un hombre que en realidad no le atrae. Dulce amor mío cuenta una fantasía sexual sadomasoquista llevada a sus últimas consecuencias de muerte. En Aragato bar, una discusión sobre la tristeza acaba con el suicidio de un poeta y la indiferencia de los que le rodean. Del mismo lado, un hombre y una mujer en la cama; ella le guarda rencor porque antes tuvo otra pareja y ella duerme en su lado de la cama. El cuento se resume en su frase final: «Ella le susurró, “te detesto”. Entonces él la deseo más». En Vete de mí, unos antiguos amantes quedan una vez al año para tener un encuentro sexual, pero el ambiente entre ellos es tenso. De su conversación se deduce que mientras ellos están allí la actual pareja de él se está haciendo cortes en la vagina con una cuchilla de afeitar. Este cuento es interesante porque es en el único en el que se hace una mención a sucesos exteriores reconocibles de la violencia que vivía Perú en los 80. «El ambiente y todo aquello que lo rodeaba eran demasiado para él. Sobre todo en los últimos días: las esquirlas de los últimos sucesos (atentados, cochebombas, cadáveres encontrados en los acantilados de la costa, cajas de leche con restos óseos)». En La sustituta. una niña tiene miedo de volverse loca porque se ha tomado por error las pastillas (no sabemos de qué tipo) de su padre, que suponemos un maltratador. Su miedo se va perfilando en temer que su madre, cuando vuelva a casa, no sea ella sino una mujer que se hace pasar por ella, y a pesar de que todo parece una paranoia la ultima frase nos deja la duda de si realmente es así. Deja vú narra precisamente eso, el deja vú de una mujer de clase alta que se torna una pesadilla en la que contempla a su hija muerta. Rara avis es el cuento más irreal. Es el relato de un hombre que vive con un ser fantástico al que describe como un monstruo y que es su mujer y al que después de múltiples vejaciones acaba matando. En El limpiador, un hombre encarga a un sicario que vengue el asesinato de su hija. Este lo hace y termina comiéndose el corazón de su víctima.

El ambiente de la mayoría de los cuentos es pesadillesco, y de todos ellos desasosegante y desolado. Siempre hay en ellos una violencia latente: verbal, psicológica, física o todas ellas. Y en todos, de una u otra forma, la mujer aparece como un ser violentado, por sus compañeros sexuales, por su padre o por la sociedad en general, de una forma cruda y lacerante que bajo mi punto de vista funciona como una denuncia. Rompe con la imagen tradicional del amor, que aquí llega a ser algo aterrador y malsano.
No hay uniformidad en la voz narrativa: hay cuentos en primera persona, a veces hombres, a veces mujeres; y otros relatados por un narrador omnisciente. Lo que aúna las voces creo que es un objetivismo en la forma de narrar, la autora se muestra emocionalmente distante, no da opiniones, pero el lector sí las saca. Los protagonistas son outsiders, marginados, marcados por la dominación y la violencia.
Con respecto a los temas c
onsidero que hay dos leit motiv o ejes que vertebran la obra: el erotismo/lo sexual y la violencia. En muchos de los relatos aparecen mezclados y otros solo son violentos, a secas, aunque bajo mi punto de vista esa violencia siempre está motivada por lo sexual, aunque sea de una forma simbólica o no se explicite en el texto. Los cuentos toman partido y denuncian, desde una reelaboración artística y deconstructivista, nada panfletaria, el machismo imperante en la sociedad en general y en la sociedad peruana en particular., y como ese machismo degenera en violencia y relaciones de dominación/sumisión.

El erotismo funciona como una subversión del lenguaje dominante y de lo racional, símbolos de lo masculino. Creo que hay una intención consciente de conectar con lo visceral, que también es emocional. La pulsión deseante del individuo (las pulsiones y fluctuaciones del deseo). El erotismo trasciende lo cotidiano y abre una puerta a una región diferente del ser. Pero el erotismo de «Me perturbas» es de todo menos complaciente y está cercano a los postulados de Bataille y Sade. Bataille define el erotismo como la presencia de la vida dentro de la muerte y de la muerte dentro de la vida. Para él en la vida existen dos fuerzas: una tiende a la individualización (supervivencia) y la otra tiende a la fusión (descomposición del individuo y por lo tanto muerte). Esta segunda fuerza es la violencia. En el erotismo ambas fuerzas entran en acción. El individuo quiere seguir siendo él mismo y a la vez fundirse con el otro. Él ve esta fusión como destrucción, violencia y muerte. El erotismo entendido como trasgresión, violencia, profanación, voluntad de anularse y anular. El sexo como animalidad que rompe los pudores de la vida cotidiana. El erotismo es una forma de conocimiento a través del cuerpo. Las palabras son controlables, el cuerpo no.

En «Me perturbas» la narradora es una mujer de mediana edad enamorada de Val, un hombre más joven que ella. El cuento supone una revisión del tópico del romance entre una mujer mayor y un hombre joven. Estereotipo en el que la mujer suele salir malparada en las opiniones de los demás, que la juzgan. La acción se desarrolla en un tiempo indefinido, pero corto, en lo que suponemos son unas vacaciones de un grupo de amigos en un hotel. No se explica el por qué les acompaña la narradora. La pasión que siente la mujer se va perfilando como enfermiza en una noche en un bar en la que ella le acaba lanzando un dardo a su amado, por despecho, y como este acto violento parece ser lo único que despierta el deseo del joven por la mujer. Val le pide/ordena que se autolesione. Y los dos últimos párrafos suponen el clímax del cuento con una escena sexual, cuanto menos extraña, que comienza con ella chupándole la sangre de la herida que le ha proferido momentos antes. Este cuento es una deconstrucción de los tópicos del enamoramiento, que aquí no tiene nada que ver con el amor romántico, al que incluso ridiculiza como falso: «Las conversaciones de los amantes son generalmente monosilábicas, […] ¿ah?, ¿qué dices? (…) Todo el resto son situaciones falsas, descritas solo por quienes nunca vivieron hasta hacerse daño, descritas para crear un ambiente rosado y macilento». El objeto de amor no está idealizado, la protagonista es una antiheroína. 

Los personajes solo pueden expresar el amor a través del dolor. Hay dos momentos diferentes en la relación entre estos dos personajes marcados por las frases de la mujer: «Así que debo comportarme como una dama» (guardar las apariencias) y «He dejado de comportarme como una dama» (cuando se abandona al deseo). La descripción que hace la mujer de lo que está sintiendo es muy acertada, con imágenes poderosas. «A todo lo que siento no sé si llamarlo dolor o sosiego o deseo». El discurso se muestra fragmentado, como si siguiera el devenir del pensamiento de la narradora. No se da importancia a lo externo, que se presenta solo a través de pinceladas. El énfasis se pone en el mundo interior. El lenguaje se vuelve cercano a la poesía «los otros giraban el tema como se gira un vaso de cerveza […] casi sin sentir que se está manoseando una cosa transparente. La noche me golpea la cara».
«Si yo pudiera decir tan solo una palabra que fuera cierta diría: me perturbas».

Aunque en este cuento no hay nada explícitamente coital, como en otros, cuando nombra lo sexual lo hace sin circunloquios: «cierro los ojos, entreabro los labios y me vuelvo mucho más fea pero mucho más sexual» y lleva lo sexual al límite con la violencia física. Creo que con esto R.S.S denuncia en sus cuentos la condición de mujer como ser violentado en la sociedad patriarcal, dominación simbolizada por lo sexual: maltrato físico, violaciones etc., pero que se hace patente en todos los aspectos de la vida. La sexualidad como malestar, tradicionalmente rodeada de culpa y de vergüenza. Hay un intento por superar la sexualidad falocéntrica, puesta en práctica, y escrita, teniendo como referencia solo el deseo del hombre.

Es sintomática también la presencia de drogas en estos cuentos. En varios de ellos los personajes consumen ansiolíticos como forma de evasión. El ansiolítico es una droga plenamente posmoderna, y comunmente aceptada entre las clases medias como paliativo del malestar vital.

Aunque desde un enfoque original, estos cuentos se inscriben dentro de una corriente de literatura escrita por mujeres en la que por primera vez se enunciaba el propio cuerpo, la pasión erótica y el deseo de las mujeres. Esta corriente se ha cultivado en Perú sobre todo en poesía a partir de los años 80.

(Esta entrada es una adaptación de un trabajo que presenté para el seminario Literatura peruana en contexto impartido por la profesora Raquel Garcia Borsani en Berlín en el año 2009).




[1] Rocío Silva Santiesteban: «Basta ser mujer para escribir como mujer», en El combate de los ángeles. Literatura, género y diferencia.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Quién quiere ser madre, Silvia Nanclares


Vengo a escribir sobre Quién quiere ser madre, de Silvia Nanclares, a una cafetería. Estoy en Madrid, fuera de mi ambiente habitual, pudiendo mirar la rutina de los demás sin ocuparme de la mía. Un grupo de madres recientes se ponen al día mientras sus bebés se mueven sin parar e intentan coger todo lo que tienen a su alcance. Mi hija tiene seis años y es la segunda vez que estamos separadas durante unos días. Puede parecer anecdótico, pero este hecho envuelve la situación y a mí misma en un halo de irrealidad porosa que seguro que influye en mis palabras.
Me cuesta concentrarme porque el oído se me va involuntariamente hacia la conversación de esas madres en la mesa de al lado, a su vivencia, que en parte puedo reconocer como mía. 

Toda esta introducción tiene más que ver con Quién quiere ser madre de lo que parece, porque Silvia Nanclares narra y hace literatura de una experiencia vital que no ha sido la mía, pero que podría haber sido parecida si yo hubiera tomado otras decisiones y seguido otro camino. Su historia ha conectado con algo muy profundo dentro de mí misma mientras iba pasando sus páginas sin poder despegar la vista de esa vida, la ficción autobiográfica que su autora nos ha regalado.

Los que seguís el blog sabéis que sobre todo escribo de libros que me han gustado y que quiero compartir para que caminen un poco más allá y puedan llegar a personas que quizá de otro modo nunca los hubieran conocido.
Pero hay otros casos en que un libro me agarra y se me mete dentro haciéndome florecer y emocionándome, entonces no puedo parar de leer y es como si estuviera sentada con quien lo ha escrito y me estuviera contando de viva voz todo eso que tanto me agita, que me hubiera gustado escribir a mí. Esta novela es uno de esos casos.

Aunque ya lo haya dicho algún crítico, quiero repetir que Quién quiere ser madre es una novela necesaria, con un tema y una forma de tratarlo que nadie había abordado aún en la literatura española. Y yo añado que es una novela sincera, directa, sin trucos, escrita desde las entrañas que me ha hecho reflexionar y emocionarme.

Aborda, sin ningún tipo de sentimentalismos ni tópicos, el deseo de ser madre de una mujer, Silvia, que está a punto de cumplir 40 años y que ve como el tiempo y su "reloj biológico" han dejado de ir a su favor o de ser "una construcción social de género" y empieza a cargarse de biología y a funcionar como una bomba de tiempo,       "(...) tic, tac, estoy sentada encima".

Esta novela es su viaje, desde la ilusión, el anhelo de la maternidad, el deseo corporal, las dudas, la frustración de no encajar en un molde, el autocuestionamiento... El haz y el envés de un deseo.

Pero también es una novela de amor sin romanticismo vacío, y una novela familiar con el dolor por la muerte de un ser querido descrito con una autenticidad desarmante.

No puedo resistirme a copiar un par de frases.

"Y agradezco, aturdida, a la vida por regalarme a una persona mientras me sustrae la fuerza de otra".

"Y bebo. Y lloro. El tiempo, definitivamente, se ha salido de madre".

Quién quiere ser madre también es tan grande porque es feminista, porque consigue con su experiencia personal hacer una reflexión general sobre la generación de nuestras madres, que fueron jóvenes en los 60 y tanto lucharon por hacer valer su identidad como mujeres. Y sobre la nuestra: precaria, perdida, con tantos derechos, libertades y experiencias ganados, pero con todas las contradicciones y dificultades de vivir en un sistema que vemos destruirse, y que nos destruye, delante de nuestros ojos. 

¿Quién podrá y querrá tener hijos con una vida tan líquida? Silvia Nanclares habla largamente de ello en la novela, de las madres, las que no lo son y las que querrían serlo. Y lo hace sin aspavientos ni victimismo. ¡Y eso me ha encantado!

Y leer la vida, una vida real es como un bálsamo frente a todos los sueños incumplidos y rotos que son parte de mi vida. Gracias, Silvia, por darle una patada de realidad a la mentira del amor romántico, a las maternidades sin mácula, al feminismo sin contradicciones, al capitalismo feroz que quiere comercializar con el deseo de tener hijos...

Bienvenidas a la novela social del siglo XXI. 
"Lo privado es político"

*(Si te interesa esta novela y no la encuentras en tu librería de barrio o en la biblioteca, puedes comprarla a través de este enlace y así ayudarme a mantener el blog. Muchas gracias). 

domingo, 26 de junio de 2016

De puertas adentro. Memorias, Amalia Avia

De nuevo traigo al blog una colaboración de mi madre que nos habla sobre el libro de memorias de la pintora Amalia Avia, y que reflexiona sobre las mujeres, el papel que la sociedad nos ha asignado y del que queremos liberarnos, y las tensiones que sufrimos entre vida pública y vida privada. Una entrada feminista y muy necesaria.


Al visitar el mes pasado la exposición Realistas de Madrid, en el museo Thyssen, he recordado lo mucho que me gustaron las memorias de Amalia Avia, una de las pintoras integrantes de este grupo de artistas que empezó a desarrollar su trabajo en el Madrid de los años 50 y que ha sido incluida en la exposición.

Su pintura es muy personal: sus paisajes urbanos, sus interiores, sus fachadas y tiendas del Madrid antiguo tienen un gran poder de evocación y parece que nos quieren contar la vida y las historias que están detrás de ellas, con una luz más sombría y nostálgica que la del resto de sus compañeros del grupo.

Podéis ver la entrada sobre esta exposición en blog de Enredadas en el barrio.


Están escritas de una forma sencilla, sin pedantería. La primera parte transcurre durante  los años treinta y cuarenta entre Madrid  y  Santa Cruz de la Zarza, el  pueblo manchego del que es originaria su familia que, aunque pertenecía al bando de los vencedores, también sufrió la Guerra Civil y la posguerra: miedo, dolor, luto, hambre, miseria… Hay partes luminosas: la libertad de los niños creciendo en un pueblo, el campo, las fiestas, las tradiciones populares, las gentes (tan distintas a las de la gran ciudad); pero también otras tristes y sombrías: la represión que el nacionalcatolicismo ejerce sobre toda la población y de forma especial sobre niñas y mujeres: el poder de la iglesia, los rosarios, las novenas, las visitas al cementerio… 
Amalia Avía nos ofrece una pintura detallada de lo que era el mundo rural en la España de los años 40, donde las mujeres no tenían más salida que acatar el orden establecido y dedicarse a la casa y a “sus labores”.

Ya joven, vuelve definitivamente a Madrid y empieza su aprendizaje como pintora en el taller de Eduardo Peña, (en aquella época no estaba bien visto que una mujer estudiara en la Escuela de Bellas Artes), allí conoce a muchos de los artistas que luego formarán parte del llamado grupo de los Realistas y su vida cambia por completo. También conoce al que será su marido, el famoso pintor abstracto Lucio Muñoz. A diferencia de otras autobiografías, no habla de la relación con su marido por pudor y por respeto a la  intimidad de ambos.

A partir de entonces, vive una vida que a primera vista podría parecer completamente diferente a la de las mujeres de su época, mucho más libre y creativa, integrada en un grupo de artistas, escritores, intelectuales… muchos de ellos antifranquistas, que con grandes dificultades se iban abriendo paso en la España de la segunda mitad del siglo XX; pero en la autobiografía deja muy claro que el ser mujer, esposa y madre condiciona mucho su trabajo y su proyección como artista.

Tanto ella como su marido se respetaban y valoraban mutuamente como pintores, pero la sociedad y el mundo del arte no los trataba por igual, esto se refleja muchas veces en estas memorias y en entrevistas que le hicieron sobre todo al final de su vida. Ella misma decía: “un hombre puede ser abogado, ingeniero… una mujer también, pero a condición de no dejar de ser ama de casa. Hay otra anécdota significativa: la famosa galerista Juana Mordo los presentaba así a unos coleccionistas: “el famoso pintor Lucio Muñoz y su mujer, también pintora”.

De puertas adentro, el título de estas memorias, es muy simbólico y significativo, y parece referirse tanto a los temas de su pintura como a su vida como mujer y a su trayectoria como artista, con mucha menos proyección exterior que la de sus compañeros varones. En ellas se refleja cómo era la vida de una mujer en España desde los años 30 hasta principios del siglo XXI, a la vez que plantea cuestiones fundamentales que nos afectan como mujeres y que parecen no cambiar nunca:

1. Las pocas mujeres que triunfan en la pintura, en las artes plásticas y en el arte en general.

2. El papel de críticos, marchantes, galeristas e instituciones culturales, que hace que unos artistas triunfen y otros no.

3. Nuestro miedo a salir al “exterior”. Las dificultades que tenemos las mujeres  para conciliar el  “mundo de adentro”, lo privado: casa, familia, hijos… con  “el mundo de afuera”, lo público: estudios, profesión, gustos o actividades.

4. La pervivencia de modelos tradicionales y costumbres atávicas: el hombre cazador y proveedor y la mujer cuidadora del nido y de la prole, así como nuestros propios miedos e inseguridades cuando intentamos romper con estos roles.



En resumen, son unas memorias muy interesantes que nos ayudan a visibilizar a una gran pintora y una gran mujer.



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