Cuando uno alberga grandes expectativas sobre algo es fácil que ocurra que el objeto de nuestra admiración nos decepcione o desilusione al sentir que no está a la altura de lo que esperábamos.
A veces esto pasa con los escritores o con sus libros. Una (o sea yo) se siente un poco triste y entabla, entre dientes, una conversación imaginaria con el autor, o autora en este caso: "¿Cómo has podido escribir algo así? Te desmerece. Te copias a ti misma. ¿Se te han acabado las ideas?".
Quizás es más sano acercarse a los libros como si no supiéramos mucho de ellos, sin esperar que ese escritor/a que en otras ocasiones nos ha conmovido, nos ha hecho reír (nos ha trasladado a su infancia, a África, a las entrañas de una persona ruin, a Brooklyn, a un asesinato en un crucero por el Nilo, a un escuela republicana, a su cabeza, a sus obsesiones...) y ha conseguido que, mientras leemos y a veces también después, estemos allí y no aquí, con el libro bien sujeto y quemándonos la pestañas, vuelva a hacerlo con su siguiente libro.

He de reconocer que cuando empecé a leer a Amelié Nothomb caí rendida a sus pies. Con Estupor y temblores
consiguió que me pasase dos días deshuevada, sin poder parar de reírme recreando los espantos y humillaciones de trabajar en una empresa japonesa como la que ella describe. En las siguientes semanas cayeron El sabotaje amoroso
y Metafísica de los tubos
, que me parecieron maravillosas recreaciones imaginarias de una infancia seguramente real, y con las que caí en un dulce enamoramiento. "Qué bien escribe". "Si yo fuera capaz de describir así un enamoramiento" "Qué escritora tan especial", y pensamientos por el estilo. Pasaron unos meses y me lancé a leer su primera novela Higiene del asesino, primera decepción a la que no hice mucho caso. "Aún estaba explorando su voz" "Es un ejercicio de estilo"... En fin que me pareció un truño.
Después de un tiempo prudencial Rocío, que fue la que me la presentó, me prestó Biografía del hambre y volvieron las mieles. Aquí habla de sus desordenes alimentarios y su intrincada relación con su faceta de escritora, y me encantó.
Yo ya empezaba a intuir cual era el truco. O más bien lo que a mí me gustaba de ella como escritora. Y es que coincidía que todas sus novelas autobiográficas me encantaban, y las otras, como poco me dejaban fría, como comprobé con Antichrista, Ácido sulfúrico y Una forma de vida. Bien escritos, con su estilo personal, pero para mí artificiosos y vacíos de vida, como autómatas virtuosos.
Más adelante leí Ni de Eva ni de Adan, que vuelve a su vida, y que sirvió de pequeña reconciliación, aunque ya sin grandes fastos.
Y ahora me han regalado Diccionario de nombres propios, pensando que quizás es una de mis escritoras favoritas. Pero no lo es. Y estoy cansada de sus trucos.
Por aquí también he leído una crítica de alguien a quien su último libro no le ha gustado nada.