miércoles, 18 de enero de 2017

No ficción: La enfermedad como camino, Thorwald Dethlefsen y Rudiger Dahlke


El otoño de 2015 estuve enferma, con una de esas dolencias difusas y difícilmente diagnosticables que he tenido varias veces a lo largo de mi vida. Me sentí regular, sobre todo de ánimo, durante unos seis meses, aunque de forma intermitente, y me estuve cuidando bastante y preocupando aún más. 

En esa época leí este libro y aunque no estoy de acuerdo con todos sus razonamientos y correspondencias sí me ayudó a ver de forma más profunda e integral el sentido de la enfermedad, y, como dice su título, cómo el estar enfermo puede ser un camino que lleva a un conocimiento más auténtico de cada uno de nosotros.

Quería escribir una reseña del libro pero lo que salía eran más bien quejas no veladas y vivencias que necesitaba poner por escrito. La reseña se quedó en barbecho, pero como considero este libro muy interesante, he querido recuperarla. Lo que viene a continuación es lo que escribí en algún momento de aquellos meses.

Estoy enferma. Sí, sé que suena lapidario y absurdo cuando lo más probable es que no sea nada grave, pero me siento mal, me preocupo y ese prisma lo condiciona todo volviéndolo gris y a mí agria. 
Mi estómago está hecho un higo y la comida me sienta muy mal. Añadámosle acidez, esófago irritado, dolores de cabeza difusos y un par de virus encadenados  y os haréis una idea de cómo me siento, esa soy yo en estos momentos... y creedme, soy muy mala enferma. Me quejo, me autocompadezco, rastreo Internet ávida de foros de hipocondriacos con mis mismos síntomas, llamo a mis parientes (sobre todo a mi madre) con la voz entrecortada retrotayéndome a la niña aprensiva que en su momento fui.

Mostrar mis miserias no me resulta fácil, pero como creo que ya he dicho en el blog más de una vez, escribirlas es en parte convertirlas en ficción y hacer que sean más llevaderas, menos punzantes.

Si mi barriga vs. estómago vs. sistema digestivo hablase, seguramente me diría: "Te has pasado: los bocadillos, el chorizo, el tinto de verano, los ahumados, los vinagrillos (cuanto más picantes, mejor, era mi lema) y el comer a 200 revoluciones por minuto te los vas a comer (nunca mejor dicho) con patatas, guapa". Y cuando el estómago te dice algo así, entiendes, gracias a su persuasivo lenguaje, que más te vale empezar a hacerle caso.
Quizá mi estómago me esté diciendo: "Oye tú, no te habías enterado de que soy el segundo cerebro, de que todo el estrés, la ansiedad, los saltos de un sitio a otro, el usar el cuerpo como si fuera una silla y la insatisfacción y frustraciones que tantas veces te tragas en realidad me los estoy tragando yo... ¡estoy harto!". Y como no puede hablar, esto te lo dice con un ardor brutal, reflujos gástricos y otras lindezas por el estilo.
Y en esa tesitura, aunque me resista, decido empezar a hacer caso a los "mensajes" de mi cuerpo. Y aún así, porque soy como soy, me quejo amargamente para mí misma: "Jo, pues ni que yo tuviera tan malos hábitos, hay personas por ahí que beben como esponjas, que fuman como carreteros, que solo comen mierdas precocinadas y kebabs, y ahí están, tan campantes, sanos y sonrosados como cerditos. Mientras yo, si me paso un poco, me pongo así. ¡Es injusto! 
Pero entonces recapacito y recuerdo lecciones que aprendí del valioso libro La enfermedad como camino, y por lo menos racionalmente intento cambiar mi discurso y sobre todo creérmelo. 

Me doy cuenta de que lo que aprecio y valoro la salud, estar sana. El estado general del que disfruto y que doy por sentado, en realidad es solo una cara de la moneda, que en la otra tiene a la enfermedad. Ambas son parte de una misma realidad. Así que desde ese prisma la enfermedad no es mala en sí misma, sino que podemos entenderla como una oportunidad para pararse, revisar la propia vida, llevar a cabo cambios y sanar todas aquellas cosas que están ahí constantemente, pero a las que no vemos o no hacemos caso porque son dolorosas. 

El dolor tiene un sentido, como si el cuerpo nos avisara, al principio con una bocinilla, pero si no le escuchamos cada vez más fuerte, hasta llegar a darnos un bocinazo que nos deje secos. Así que en este punto estoy agradecida de que mi cuerpo me avise a estos niveles y no me deje intoxicarme tanto como para llegar a tener una enfermedad más grave.

No es fácil cambiar de hábitos, pero  te aseguro que cuando tu estómago se revela ante aquello que le hace daño (que en la fase aguda son casi todas las cosas que comemos a diario) es mucho más fácil.
Así que debo estar agradecida por este toque, por obligarme a beber solo agua, tomar fruta con moderación, verduras suaves y arroz, por haber dejado los embutidos, el pan, las salsas y el azúcar, el exceso de proteína animal y el café, por dejar el tabaco y empezar a hacer deporte y plantearme la meditación.
De fondo oigo a mi madre en off: "Y la psicoterapia, Aida, porque esa hipocondria que tienes también es una enfermedad, pero mental".

Leer La enfermedad como camino ayuda a encarar el dolor y el malestar de las enfermedades de otra forma, e intenta ir a las causas de las mismas y no a los síntomas, que no son más que toques de atención. 

La segunda parte del libro, también muy interesante, trata de la relación de las emociones, sentimientos y pensamientos con las diferentes enfermedades, para así poder entenderlas y curarlas, o cuanto menos transitarlas como un aprendizaje.
A pesar de que no comulgo totalmente con la teoría de las correspondencias, creo que es un libro muy inspirador y del que se puede aprender mucho.

*(Si te interesa este libro y no lo encuentras en tu librería de barrio o en la biblioteca, puedes comprarlo a través de este enlacey así ayudarme a mantener el blog. Muchas gracias).

jueves, 12 de enero de 2017

El leñador y la reina de los zorros, Daniel Alarcón (sobre una leyenda japonesa)


Este libro, creo que muy poco conocido, lo descubrí en la biblioteca. Me llamó la atención el zorro de la portada porque me pareció que tenía un gesto muy simpático y algo malicioso; así que me lo llevé a casa. Al abrir sus páginas la primera impresión que me llevé fue la de hallarme ante un impresionante trabajo visual.


Daniel Alarcón ha conseguido recrear el universo de una leyenda nipona con un detalle y un estilo impresionantes. Sus ilustraciones son una gozada para perderse en ellas y dejarse llevar. Una fantasía de naturaleza y espíritus silvícolas.
Pero aún no os he dicho nada del argumento: La historia recrea la leyenda japonesa de una leñador que vivía en una cabaña en el bosque. Un día se encuentra a un zorro famélico que intenta alcanzar unas uvas de una parra demasiado alta para él. el leñador se apiada de él y le ayuda a conseguirlas. Pasado un tiempo, el leñador se vuelve a encontrar con el zorro, que ahora tiene mucho mejor aspecto.


El zorro conduce al muchacho hasta su hogar, escondido en lo más profundo del bosque. Allí conocerá a la enigmática y atractiva mujer zorro. Ella le entrega una capa roja en agradecimiento por haberse portado noblemente con uno de sus hijos. El leñador está tan desconcertado que no sabe si todo aquello es solo un sueño, pero al ponerse la capa le invaden un sinfín de sensaciones: puede ver y oír el bosque, y a todos los seres vivos que forman parte de él.
El resto del cuento habla de todas las buenas acciones que lleva a cabo gracias al poder de escuchar y comprender a la naturaleza que le ha sido concedido por la reina de los zorros.


El cuento tiene un aura mágica y oscura que me ha fascinado. La leyenda en la que se basa se conocía originalmente como "la leyenda de la capa roja con orejas" (mimi akazuki). Es una historia oral muy antigua y muy conocida en japón cuyo protagonismo recae en los kitsure: zorros que se pueden transformar en humanos y que son criaturas protectoras del bosque.

Es muy bonito y liberador leer cuentos como este, que no pretendan educar ni tematizar una problemática de la infancia (algo muy común en la literatura infantil actual), y que nos cuente solo una historia fantástica con personajes pilluelos y con un espeso bosque como escenario y personaje. 
Es un libro adecuado tanto para niños como para adultos. Los primeros se quedarán con la parte más fantástica y de misterio de la historia, mientras que los adultos, como me ha pasado a mí, se pueden sentir atraídos por las fantásticas ilustraciones de estilo manga y la ligera inmersión en una historia sacada de las religiones animistas orientales que tanto me gustan. Por todo ello es un libro que os recomiendo sin ningún género de dudas.


*(Si te interesa este libro y no lo encuentras en la biblioteca o en tu librería de barrio, puedes comprarlo a través de este enlace y ayudarme a mantener el blog. Muchas gracias).

domingo, 18 de diciembre de 2016

El monstruo de colores (versión pop up), Anna Llenas


El monstruo de colores no es un libro que M. haya tenido. Lo he conocido a través del estupendo grupo de Facebook La biblioteca de los peques: literatura infantil y juvenil, con el que tanto aprendo (y al que tanto le debo). Guiándome por los comentarios y la difusión que se le ha dado en él, deducí que es un cuento que gusta mucho.

Su autora es Anna Llenas, a la que conocía por su cuento Vacío, y que he de reconocer que me pareció un poco oscuro y deprimente. Aún así, tenía mucha curiosidad por este famoso Monstruo de colores, y mi impresión al tenerlo entre las manos ha sido muy satisfactoria.


Casualmente, mi amiga S. y su hijo J. lo tenían en casa, y una tarde que pasé allí lo estuve leyendo, disfrutándolo y haciéndole unas fotos para compartirlo con vosotros. 
No sé cómo será el cuento normal, pero la versión pop up, que es la que ellos tienen, es una explosión de colores y formas, y los desplegables están muy logrados y son muy bonitos y llamativos.


Me ha parecido un cuento muy adecuado para trabajar con los niños el tema de las emociones. El argumento es que todas las emociones están revueltas, lo cual es un gran lío y hacen que el monstruo no sepa cómo se siente, así que, junto a él, las separaremos por colores para así reconocerlas y poder entenderlas mejor:
Amarillo = alegría
Azul = tristeza
Rojo = rabia
Negro = miedo
Verde = calma
Rosa = amor
Este es mi desplegable favorito de todos los del cuento.



Como veis en las fotos, en cada página aparece el monstruo del color de la emoción que le corresponde, que se les explica a los niños de forma poética y divertida. Los desplegables van variando según las emociones. Al final el monstruo está rosa de tanto amor que tiene dentro.


Lo que más llama la atención del cuento son los desplegables, pero el estilo de las ilustraciones, en forma de collages, también son muy especiales y son un sello de los cuentos de esta autora.

"La tristeza siempre está echando de menos algo. Es suave como el mar, dulce como los días de lluvia. Cuando estás triste quieres estar solo y no te apetece hacer nada".

Creo que les encantará a los niños/as a partir de los dos años y medio, y hasta los 5 o 6.

*(Si te interesa este libro y no lo encuentras en tu librería de barrio o en la biblioteca, puedes comprarlo a través de este enlacey así ayudarme a mantener el blog. Es el cuento normal, la versión pop up está agotada).

sábado, 3 de diciembre de 2016

Las dos ancianas, Velma Wallis



A mí, que siempre he vivido en grandes ciudades, desde que recuerdo me ha atraído la vida en el campo, lo primario, el lidiar con los elementos de la naturaleza y también, en cierto sentido, formar parte de ella... Esa pulsión ha sido más o menos intensa según mi momento vital, pero nunca se ha llegado a consumar. 

Tengo 37 años y es posible que aún tenga la oportunidad, o la necesidad, de vivir más cerca de la naturaleza en el futuro. Sé que durante muchos años (como de los 20 a los 30) no me cansé de pregonar que acabaría viviendo en el campo, y como no di ningún paso en aquella dirección más que con las palabras, mi deseo (que en una parte de mí era y es completamente real) se volvió una caricatura de sí mismo y me convertí en una "hippie de pastel" que solo conocía el campo de excursión y en sus ensoñaciones románticas.

Eso sí, la imaginación es libre y le gusta llevarnos a otras realidades, muy lejanas a la nuestra, que a veces es tan gris como el hormigón del que estoy rodeada... los libros son una gran ayuda.

Las dos ancianas es un libro muy breve, un relato novelado basado en una leyenda local de Alaska. Una de esas historias que, en un lugar tan frío y con un invierno tan oscuro, se contaban a la luz de la lumbre para calentar los corazones de los que la escuchaban. 

Una madre le cuenta a su hija la historia de superación y dignidad de las dos ancianas. Era un relato oral, nunca se había puesto por escrito y tampoco había salido nunca de ese territorio lejano. Y la hija siente un impulso, escribir esa historia de su pueblo y así conectar con sus raíces y venerar a sus mayores y a la naturaleza con la que su pueblo estaba tan conectado. Todas esas huellas que se estaban perdiendo por falta de interés, por la colonización cultural que lo invade todo.

El cuento de Las dos ancianas nos retrotrae a un tiempo antiguo, anterior a la llegada de la cultura occidental y del hombre blanco, y hoy, gracias a Velma Wallis (y a mi madre, que fue la que lo leyó antes de mí) puedo compartirlo con vosotros.

Al ser un libro muy corto, no quiero adelantaros mucho del argumento, pero a rasgos generales es la historia de supervivencia de dos ancianas abandonadas por su tribu a su suerte en la tundra de Alaska en invierno. Las primeras páginas relatan someramente la dura vida nómada del grupo y el motivo por el que abandonan a las ancianas, también se cuentan sus sentimientos de miedo, impotencia, rabia y desesperación al verse separadas obligatoriamente de su grupo. En un primer momento ambas piensas que van a morir, pero tienen personalidades diferentes y cada una consigue despertar en la otra la pulsión de vivir, de hacer todo lo posible por salir del desahucio vital al que parecen abocadas... Y lo consiguen. 

El meollo de la historia trata de las técnicas que utilizan para sobrevivir al duro invierno, a las siguientes estaciones y durante varios años... y el lector se va haciendo fuerte con ellas a medida que ganan confianza y se ven capaces de salir adelante. Al final del relato la vida les depara una última sorpresa y la posibilidad de perdonar a sus seres queridos.

Es un libro con dos mensajes importantes: la resiliencia y capacidad de superación que tiene el ser humano cuando se encuentra en situaciones extremas y la dignidad de las ancianas al aprender a reconocerse como miembros válidos de la tribu, inteligentes y fuertes, características que su tribu les había negado por ser mujeres y ancianas.

Es un libro precioso y emocionante, sin moralinas vacías ni mensajes de autoayuda. Un auténtica joya.

*(Si te interesa este libro y no lo encuentras en tu librería de barrio o en la biblioteca, puedes comprarlo a través de este enlace y ayudarme a mantener el blog).

Otros libros muy interesantes sobre supervivencia y vida campestre son Walden  Vida de zarigüeyas.

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