Como sabéis los que vais siguiendo el blog habitualmente, en esta etapa de mi vida tengo muy poco dinero para comprar libros y, con algunas excepciones, mis lecturas son como derivas situacionistas con puntos fijos en las estanterías de mis amigos, envíos para lectoras en apuros de mis familiares y saqueo a sus estanterías cuando voy de visita, así como mi muy estimada biblioteca del Instituto Cervantes.
Así que en muchas ocasiones tengo la impresión de leer lo que me encuentro, lo cual limita a la vez que abre la puerta a casualidades y causalidades que conectan con la que fui o con la que quisiera convertirme ahora que vuelvo a escribir.
Así que en muchas ocasiones tengo la impresión de leer lo que me encuentro, lo cual limita a la vez que abre la puerta a casualidades y causalidades que conectan con la que fui o con la que quisiera convertirme ahora que vuelvo a escribir.
El caso es que este cómic, o novela gráfica, lo cogí del Cervantes como relectura y al tenerlo entre mis manos me retrotrajo a otro momento y otro lugar: Madrid, 2006, la Biblioteca de Pacífico y mi buhardilla de Valderribas, una primavera luminosa, un amante cinéfilo que me volvía loca y que me daba una de arena y muchas de cal, mi trabajo en la editorial atravesando el polígono industrial por las mañanas y las tardes fabulosas de filmoteca.
Es curioso porque me acuerdo de todos estos pormenores, la ambientación, pero no recordaba nada del libro más allá del estilo calculadamente naif e infantil del autor, y de que me gustó mucho, tanto que nada más terminarlo leí en la Fnac de Callao, sentada en el suelo, su cómic anterior, Viviendo del cuento.
Juanjo Sáez juega y experimenta con el punto de vista infantil y consigue mostrar absurdos, clichés y verdades cotidianas de una forma irónica, que nos arranca una sonrisa y nos hace reflexionar.
Este álbum ilustrado me vuelve a llegar ahora en un momento curioso, bastante crítico con el arte contemporáneo, con su significación y valor de mercado, con su trascendencia o falta de ella.
El autor barcelonés es alguien sincero, se le ve claramente en sus creaciones, y se hace querer.
Aquí le habla a su madre de arte contemporáneo, lo que significa para él, porque quiere ser ilustrador, y responde a todas las preguntas que su madre le hace y que tienen la inocencia del profano.
La historia está ambientada en su vida cotidiana, su familia, su novia; en la que el lector se cuela sin problemas a pesar de que los personajes están solo esbozados y no tienen cara. Es increíble lo expresivos que son a pesar de la deliberada falta de rasgos. Y luego viene el arte...
Aquí le habla a su madre de arte contemporáneo, lo que significa para él, porque quiere ser ilustrador, y responde a todas las preguntas que su madre le hace y que tienen la inocencia del profano.
La historia está ambientada en su vida cotidiana, su familia, su novia; en la que el lector se cuela sin problemas a pesar de que los personajes están solo esbozados y no tienen cara. Es increíble lo expresivos que son a pesar de la deliberada falta de rasgos. Y luego viene el arte...
Juanjo va desgranando los temas y artistas por capítulos y habla entre otros muchos de Calder (su artista favorito) y sus móviles: "Los móviles de Calder son como la poesía o la música si estas disciplinas se pudieran ver".
También de los grandes museos de arte moderno como el Guggengein, y los compara con las catedrales góticas, de Magrite, de Miró, (estandarización de algo original), de Chillida, de Dalí, de Tàpies (el arte está en todas partes): "Existen artistas que aparte de hacer cosas nuevas también se ocupan de señalar otras cosas que a ellos también les parecen arte.
Tàpies es uno de ellos, es como si colgara un marco vacío en la pared y a través de él podemos ver las imperfecciones del muro". Habla del surrealismo, del popart, de la deconstrucción, y lo hace con un lenguaje sencillo y que es capaz de transmitirnos su entusiasmo por el arte y a mí en particular a reconciliarme en cierto sentido con él. Todo esto lo mezcla con recuerdos de su infancia y ensoñaciones que retratan la relación con su madre desde una sinceridad desarmante.
También de los grandes museos de arte moderno como el Guggengein, y los compara con las catedrales góticas, de Magrite, de Miró, (estandarización de algo original), de Chillida, de Dalí, de Tàpies (el arte está en todas partes): "Existen artistas que aparte de hacer cosas nuevas también se ocupan de señalar otras cosas que a ellos también les parecen arte.
Tàpies es uno de ellos, es como si colgara un marco vacío en la pared y a través de él podemos ver las imperfecciones del muro". Habla del surrealismo, del popart, de la deconstrucción, y lo hace con un lenguaje sencillo y que es capaz de transmitirnos su entusiasmo por el arte y a mí en particular a reconciliarme en cierto sentido con él. Todo esto lo mezcla con recuerdos de su infancia y ensoñaciones que retratan la relación con su madre desde una sinceridad desarmante.
¡Un libro increíble! Salid corriendo y no paréis hasta encontrarlo.













